La escalada militar en Oriente Próximo ha devuelto al oro cierto tono comprador en las últimas sesiones. Tras los bombardeos estadounidenses contra objetivos iraníes y los posteriores ataques con cohetes contra bases de EE.UU. en Bahréin y Kuwait, la onza cotiza en torno a los 4.120 dólares, lo que supone un avance semanal del 2,71%. Sin embargo, desde el máximo histórico de 5.626,80 dólares alcanzado en enero, el metal sigue un 26% por debajo, y en el acumulado del año el saldo es negativo: un 6,05% a la baja.

El cuadro técnico refleja esa debilidad de fondo. El precio se mueve por debajo de las medias móviles de 50, 100 y 200 sesiones, y el RSI, en 40,2 puntos, indica un mercado débil aunque todavía no sobrevendido. A solo un 4,56% del mínimo anual de 3.901,30 dólares, el soporte clave sigue siendo frágil. Los analistas sitúan la próxima barrera en los 4.200 dólares: si la supera, la recuperación podría ganar tracción; si no, la presión vendedora amenaza con reanudarse.
Mientras el vaivén geopolítico marca el corto plazo, la demanda institucional ofrece un piso sólido. El Banco Popular de China encadenó en junio su vigésima compra mensual consecutiva, adquiriendo 15 toneladas, el mayor volumen mensual del año. Con ello, Pekín acumula ya 2.346 toneladas de reservas oficiales y un crecimiento superior a las 40 toneladas en lo que va de 2025. La operación se realiza en el mercado extrabursátil, lo que explica que la prima sobre el precio internacional en Shanghái —4.150 dólares frente a 4.156 en Europa— sea prácticamente testimonial.
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China no está sola en esta estrategia. La República de Uzbekistán sumó 9 toneladas en junio, elevando sus compras netas del año a 41 toneladas, mientras que Polonia lidera el ranking con 64 toneladas adquiridas hasta mayo. El patrón es recurrente: cada vez que el oro corrige —como ocurrió en otoño al perforar la media de 200 sesiones y caer por debajo de los 4.000 dólares— los bancos centrales aprovechan para reforzar sus tenencias. La Commerzbank lo confirma: el menor nivel de precios ha estimulado las compras institucionales.
Sin embargo, no todos los organismos pueden permitirse ese lujo. Algunos Estados, especialmente los dependientes de ingresos energéticos, han tenido que monetizar parte de sus reservas para apuntalar sus divisas golpeadas por la crisis energética derivada del conflicto iraní. Las nuevas sanciones de EE.UU. sobre el petróleo iraní añaden presión inflacionista, lo que mantiene elevados los tipos de interés. La rentabilidad del bono estadounidense a diez años se mantiene estable en el 4,45%, encareciendo el coste de oportunidad de un activo que no genera cupón.
Todo ello ocurre mientras los inversores esperan las actas de la última reunión de la Reserva Federal con Kevin Warsh al frente. El mercado descuenta con un 56% de probabilidad una subida de tipos en septiembre, un escenario que, combinado con la debilidad del mercado laboral —apenas 57.000 nuevas nóminas el mes pasado—, sitúa al oro en una encrucijada. El refugio por la vía geopolítica compite con el lastre de los tipos altos, pero el apetito estructural de los bancos centrales, impulsado por la desdolarización, sigue inclinando la balanza hacia una demanda sólida para la segunda mitad del año.
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