La carrera espacial del siglo XXI ya no se dirime únicamente en la cuenta atrás de una rampa de lanzamiento. Mientras el Starship aguarda su primera incursión orbital, SpaceX ha cerrado un pacto con la U.S. Space Force que convierte el tráfico satelital en un asunto de seguridad compartida entre el Pentágono y la empresa de Elon Musk.

El acuerdo, adelantado por la publicación especializada Breaking Defense, otorga a la compañía acceso a datos clasificados de vigilancia militar para afinar la navegación de su creciente constelación. En contrapartida, SpaceX alimenta al Ejército estadounidense con imágenes captadas por Stargaze, un sistema de unos 30.000 cámaras instaladas a bordo de sus propios satélites. El intercambio queda restringido al uso interno: el contrato prohíbe expresamente cualquier explotación comercial de la información.
La magnitud del desafío que aborda esta alianza queda patente en las cifras. La firma opera alrededor de 11.000 unidades entre Starlink y Starshield en la órbita baja terrestre, una flota que ejecuta cerca de 20.000 maniobras orbitales cada día. De ellas, aproximadamente un millar responden a maniobras deliberadas para esquivar otros objetos o desechos espaciales. Con la ampliación prevista de ambas redes, el seguimiento puramente interno se queda corto, y los datos de radar del Ejército complementan los sensores ópticos sobre todo a la hora de detectar fragmentos de pequeño tamaño. El resultado es una base más fiable para las maniobras evasivas autónomas, lo que reduce el riesgo de fallo de satélites individuales y blinda la estabilidad del servicio de banda ancha.
Un gigante listo para volar
A miles de kilómetros de ese intercambio de datos, en el cosmódromo de Starbase, la actividad no se detiene. El miércoles por la mañana, Ship 41 fue izado sobre el propulsor Super Heavy B21, un paso de montaje que deja el sistema listo para el vuelo 14 del Starship, su primer ensayo orbital. La ventana de despegue se abre, como pronto, el 28 de septiembre. La Administración Federal de Aviación (FAA) ya ha impuesto una restricción temporal del espacio aéreo hasta el 7 de octubre, aunque la licencia formal de vuelo sigue pendiente de aprobación.
El perfil de la misión ilustra hasta qué punto la industria ha dejado atrás la época de los lanzamientos excepcionales. El vuelo alcanzará unos 275 kilómetros de altitud, completará alrededor de seis órbitas terrestres y se prolongará cerca de diez horas. Sobre todo, transportará una carga con valor comercial: 26 satélites Starlink V3 que serán desplegados en órbita, cada uno de los cuales añade 1 Tbps de capacidad de red, lo que eleva el total de la misión a 26 Tbps.
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Esa capacidad de convertir un cohete en una herramienta logística es la que determinará la valoración de todo el grupo. La actividad ordinaria, entretanto, mantiene un ritmo sin precedentes. El 13 de septiembre la compañía completó su lanzamiento número 700 de un cohete Falcon, poniendo en órbita tres satélites O3b mPOWER para SES. Dos días después llegó una misión para la U.S. Space Force, el 19 de septiembre despegaron otras 27 unidades Starlink desde la costa californiana y para el 1 de octubre la NASA y la empresa prevén el inicio de la misión Crew-13 rumbo a la Estación Espacial Internacional.
Dos miradas opuestas en Wall Street
El mercado observa esta transición hacia la producción en cadena con interés, aunque sin euforia. La acción cotiza hoy en 129,58 euros, con un descenso diario del 0,6%, y acumula una distancia del 33% respecto a su máximo de 52 semanas. Esa consolidación refleja que los inversores no ignoran los obstáculos operativos y regulatorios: cada avance del Starship consume recursos ingentes y los retrasos administrativos forman parte de la rutina.
El negocio consolidado del transporte espacial, sin embargo, aporta una base de ingresos fiable. Con la reciente adjudicación de tres vuelos tripulados adicionales por parte de la NASA, valorados en 946 millones de dólares, el importe total de los 17 vuelos contratados asciende a 5.920 millones de dólares. Sobre ese cimiento, el banco de inversión Oppenheimer elevó el 2 de septiembre su precio objetivo a doce meses de 250 a 280 dólares.
Las opiniones entre los analistas, no obstante, están lejos de ser unánimes. Jeffrey Wlodarczak, de Pivotal, reafirma su recomendación de compra con un objetivo de 220 dólares, apoyándose en el dominio de la compañía sobre las capacidades orbitales y la escalada sostenida del negocio satelital. Más prudente se muestra Julie Zhu, de MoffettNathanson, que otorga una calificación neutral con un precio objetivo de 142 dólares. Los expertos advierten además de factores de presión a corto plazo, como la expiración de los periodos de bloqueo para accionistas antiguos y los continuos costes de inversión en infraestructura. En la sesión del jueves, la cotización se mostró estabilizada con un avance del 0,2%.
Para los inversores, el vuelo 14 representa mucho más que la prueba de un prototipo. El Starship es la plataforma sobre la que se asienta la futura ampliación de las redes satelitales y las misiones interplanetarias. Si la misión fracasa o la autorización regulatoria se demora, los ambiciosos planes de expansión quedarán comprimidos en el calendario. Si sale según lo previsto, la compañía demostrará que el transporte pesado totalmente reutilizable ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en la infraestructura industrial del siglo XXI.
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