El imperio de Elon Musk se ha acostumbrado a moverse en varios tableros a la vez. Pero pocas veces la tensión entre el corto y el largo plazo ha quedado tan expuesta como ahora: mientras el gigante aeroespacial ultima los planos de una megainstalación valorada en 100.000 millones de dólares para su programa Starship, su división de inteligencia artificial —la que alimenta las arcas con contratos multimillonarios— sigue escupiendo pérdidas operativas y arrastra problemas de refrigeración que ni la nueva cúpula directiva ha podido resolver de la noche a la mañana.

El proyecto bautizado como "Starbase Louisiana", adelantado por Reuters, contempla el inicio de las obras en 2027 y apunta a que el primer despegue del Starship desde suelo luisianés se produzca en 2029. La ambición territorial no se detiene ahí: la compañía ha solicitado a la FCC una autorización experimental para el Flight 14, que incluiría de forma explícita una etapa orbital desde Starbase, en Texas, con una ventana que abarca del 15 de septiembre de 2026 al 15 de marzo de 2027.
Una cúpula que se recompone entre fallos técnicos
El frente terrestre, sin embargo, presenta grietas. SpaceX ha reorganizado el liderazgo de su negocio de centros de datos tras una serie de salidas —entre ellas la de Jake Palmer en julio— y de incidencias operativas en varias instalaciones. Michael Nicolls, hasta ahora responsable de la infraestructura satelital de Starlink, toma las riendas de la división de infraestructura de IA.
Los informes internos describen un escenario lejos de la perfección prometida. En un centro conocido como Macrohard, los equipos funcionaban con material provisional y la disponibilidad no alcanzaba el objetivo del 99,9%. En Tennessee y Mississippi, la capacidad de refrigeración redundante brillaba por su ausencia. Son flaquezas que llegan en el peor momento posible: justo cuando la facturación del segmento se ha disparado un 247% interanual, hasta los 2.561 millones de dólares en el segundo trimestre de 2026, frente a los 737 millones del mismo periodo del año anterior.
Ese crecimiento descansa sobre las espaldas de dos clientes de peso. Google desembolsa 920 millones de dólares mensuales por el uso de 110.000 GPU de Nvidia, mientras que Anthropic mantiene un contrato rescindible de 1.250 millones al mes. La letra pequeña, no obstante, delata el coste de tanta ambición: el gasto de capital en cómputo para IA alcanzó los 15.828 millones de dólares en el trimestre, dentro de una inversión total de 18.400 millones. El resultado: unas pérdidas operativas de 1.257 millones en la división, que arrastran al conjunto del grupo a un saldo neto negativo de 541 millones —mejor que los 1.008 millones de pérdidas del año anterior, pero pérdidas al fin y al cabo—.
El cuello de botella que nadie previó
La expansión acelerada ha destapado un problema logístico de primera magnitud: las turbinas de gas necesarias para alimentar los centros de datos escasean. Solo cuatro fundiciones en todo el mundo fabrican las palas requeridas, y su capacidad de producción está comprometida hasta 2029 o 2030. La respuesta de SpaceX ha sido verticalizar: construirá su propia fundición en Bastrop, Texas, sobre un terreno de unas 830 acres adquirido entre marzo y junio, con la esperanza de recortar hasta 18 meses el tiempo de construcción de nuevas turbinas.
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El anuncio tuvo un efecto dominó inmediato en el mercado. Howmet Aerospace, proveedor clave del sector, sufrió una caída superior al 8% en una sola jornada a finales de agosto. Los analistas de Bernstein y Citi, sin embargo, interpretaron el desplome como una oportunidad de compra, fijando objetivos de 328 y 329 dólares respectivamente.
Cursor, la manzana envenenada
El frente tecnológico añade otro quebradero de cabeza. La adquisición de Anysphere —matriz de la herramienta de programación Cursor—, cerrada en agosto por 60.000 millones de dólares en acciones, ha despertado suspicacias. OpenAI ha anunciado que dejará de suministrar sus modelos a Cursor tras el cambio de control, a partir del 12 de noviembre de 2026, un movimiento que complica la integración del negocio. Para colmo, Reuters ha revelado que ciberdelincuentes de habla rusa utilizaron la herramienta para infiltrarse en una empresa química belga y en al menos otras seis compañías. No todo son malas noticias: Cursor presume de ingresos anualizados superiores a los 1.000 millones de dólares.
La política entra en escena
Mientras tanto, el calendario operativo no se detiene. Dos lanzamientos Falcon-9 con 27 satélites Starlink cada uno despegarán desde Vandenberg Space Force Base —uno este miércoles y otro el 6 de septiembre—, con sus propulsores aterrizando en el dron "Of Course I Still Love You". El negocio satelital, que ya cuenta con 12 millones de abonados, sigue siendo el motor silencioso del grupo, y su relevancia geopolítica quedó patente cuando Ucrania condecoró a Musk con la Orden de la Libertad la semana pasada.
La política también asoma en el accionariado. Donald Trump reveló en agosto —declaración firmada el día 12 y publicada el 22— que invirtió entre 15.001 y 50.000 dólares en acciones de SpaceX el pasado junio. Un gesto simbólico que no altera, sin embargo, la dinámica bursátil del valor.
Un mercado que no termina de decidirse
La cotización refleja esa ambivalencia. El título se mueve en los 122,42 euros, un 37% por debajo del máximo de 52 semanas de 194,46 euros alcanzado en junio. Pero la recuperación desde el mínimo anual de 91,04 euros es notable: en los últimos 30 días, la acción acumula una subida del 23% —o del 24%, según la fuente consultada—, señal de que el mercado empieza a descontar que los contratos con Google y Anthropic podrían compensar el enorme desembolso inversor.
La pregunta que sobrevuela el parqué es si la estrategia de Musk de construir infraestructura propia —desde fundiciones hasta megacomplejos de lanzamiento— acabará siendo un lastre para el margen o una barrera de entrada insalvable para la competencia. Mientras tanto, la compañía suma frentes abiertos: reorganización directiva, problemas de refrigeración, una integración corporativa complicada y un calendario de lanzamientos que no concede tregua. SpaceX, en definitiva, sigue siendo un gigante en construcción permanente.
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