El oro encadena su cuarta semana consecutiva de descensos, atrapado entre el giro restrictivo de la Reserva Federal y la distensión geopolítica en Oriente Próximo. Sin embargo, la demanda física de los bancos centrales y las señales de sobreventa técnica abren la puerta a un posible rebote. La clave estará en los datos de empleo estadounidenses del 2 de julio, que podrían inclinar la balanza hacia un nuevo tramo bajista o hacia una recuperación hasta los 4.150 dólares.

El detonante más inmediato de la presión ha sido el índice de precios de consumo personal (PCE) —la métrica favorita de la Fed—, que en mayo escaló al 4,1% interanual, el nivel más alto desde 2023. La tasa subyacente se situó en el 3,4%, en línea con lo esperado pero sin margen para una relajación monetaria. El nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, ya había endurecido el tono: la previsión de inflación para 2026 se elevó del 2,7% al 3,6%, y nueve de los 18 miembros del FOMC se mostraron dispuestos a respaldar al menos una subida de tipos en la segunda mitad del año. Neel Kashkari, presidente de la Fed de Minneapolis, fue aún más explícito: las rebajas de tipos para 2026 están descartadas y un nuevo incremento gana enteros. Los mercados descuentan ahora un 63% de probabilidades de que ese movimiento llegue en septiembre.
Paralelamente, el escenario geopolítico ha perdido buena parte de su tensión. Los informes sobre un acuerdo marco entre Estados Unidos e Irán y la firma prevista para el 19 de junio que reabrirá el estrecho de Ormuz han disipado las primas de riesgo que impulsaban al metal. El petróleo ha cedido terreno, lo que a su vez reduce las expectativas inflacionistas y, con ellas, la necesidad de refugio que el oro proporciona. Los especuladores han recortado posiciones y el precio perforó el umbral de los 4.100 dólares. En estos momentos, el metal cotiza a 4.103,70 dólares, con un saldo semanal negativo del 1,66%, una caída acumulada en el año de aproximadamente el 5,5% y un 27% por debajo del máximo de 52 semanas de 5.626,80 dólares.
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A pesar del tono bajista en los futuros, el mercado físico muestra una solidez inesperada. En el vencimiento de los contratos de junio en la COMEX, las solicitudes de entrega física alcanzaron 38.614 contratos, equivalentes a unas 120 toneladas, el volumen más elevado desde febrero. Los bancos centrales siguen comprando sin pausa: el Banco Popular de China mantiene sus adquisiciones y, según una encuesta del World Gold Council, el 89% de las 76 entidades consultadas prevé un aumento de las reservas mundiales de oro; un 45% de ellas planea incrementar sus propias tenencias en los próximos doce meses, un récord en la serie. En lo que va de 2026, los bancos centrales han acumulado unas 850 toneladas, impulsados especialmente por los países BRICS en su diversificación frente al dólar. Esta demanda institucional constituye un suelo estructural que frena las caídas.
Desde el punto de vista técnico, el índice de fuerza relativa (RSI) se sitúa en 37,3 puntos, en territorio de sobreventa donde históricamente han germado rebotes de corto plazo. Sin embargo, la media móvil de 50 sesiones se encuentra lejos, en los 4.481 dólares, y el cruce de la muerte registrado en junio refuerza la presión bajista. Si el oro pierde de forma sostenida la cota de los 4.000 dólares, los analistas no descartan una corrección hasta los 3.600 dólares. En la oferta, además, aparece un factor regulatorio: a partir del 1 de julio, Ghana obliga a las mineras a entregar un tercio de su producción al Estado, lo que podría restringir la disponibilidad en el mercado libre.
La próxima semana se presenta decisiva. El 2 de julio se publican las nóminas no agrícolas (nonfarm payrolls). Un repunte robusto del empleo afianzaría las expectativas de subida de tipos y castigaría al oro; un dato débil abriría la puerta a una recuperación hacia los 4.150 dólares. A ello se suman las comparecencias de Kevin Warsh y de la presidenta del BCE, Christine Lagarde, que perfilarán la senda de los tipos globales. El metal precioso se juega buena parte de su rumbo inmediato entre el endurecimiento monetario, la distensión geopolítica y la insaciable demanda de los bancos centrales.
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