Los números de Nvidia siguen siendo de otra liga. En el segundo trimestre de su ejercicio fiscal 2027, la compañía facturó 96.200 millones de dólares, un 106% más que un año antes, y 89.000 millones salieron del negocio de centros de datos. El beneficio ajustado por acción se situó en 2,22 dólares y la dirección proyecta para el trimestre en curso unos ingresos de 108.000 millones, con un margen de más/menos 2%. Cualquier lectura rápida de esas cifras invita a pensar en un compounder impecable.

Sin embargo, la historia que realmente importa estos días no está en la cuenta de resultados, sino en cómo Nvidia está redefiniendo su propio papel dentro de la cadena de valor de la inteligencia artificial. La empresa ya no se limita a vender silicio: cada vez se parece más al banquero de sus propios clientes.
Un balance que empieza a mostrar grietas
La evidencia está en las partidas de crédito. La facturación pendiente de cobro creció un 55% respecto al trimestre anterior hasta los 63.100 millones de dólares, y los plazos de pago se estiraron de 45 a 60 días. Cinco clientes directos concentran el 70% de esos derechos de cobro. A la vez, las participaciones de Nvidia en compañías clientas pasaron de 35.000 a 94.000 millones de dólares, y los compromisos de compra se dispararon de 119.000 a 279.000 millones. A eso se suman garantías de hasta 105.000 millones para un proyecto de OpenAI en Ohio, lo que eleva la exposición total a 108.500 millones.
Bank of America lo describe sin rodeos: Nvidia y Broadcom están mutando en "intermediarios de crédito" de un sector que necesitará inversiones acumuladas superiores a cinco billones de dólares hasta 2030, de los cuales alrededor de 1,2 billones provendrán de capital externo canalizado mediante alianzas con Apollo, BlackRock, KKR y otros inversores financieros. No es una señal de alarma, pero sí un aviso: cuando una empresa financia a quienes le compran, la frontera entre demanda real y artificio contable se vuelve borrosa.
El frente regulatorio se enciende
Mientras tanto, en Washington la lupa se afina. El Departamento de Justicia investiga, según informó The New York Times, si un acuerdo de licencia entre Nvidia y Groq —valorado en unos 20.000 millones de dólares— se diseñó deliberadamente para esquivar el escrutinio antimonopolio. Las pesquisas arrancaron poco después de que el pacto trascendiera en diciembre y el organismo ya ha remitido a la compañía un requerimiento formal de información. Con una cuota estimada del 80% en el mercado de cómputo para IA, la atención de los reguladores era cuestión de tiempo.
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En paralelo, Reuters apunta a conversaciones para un inversión ancla de hasta 10.000 millones de dólares en el que podría ser el mayor estreno bursátil de la historia: Anthropic busca una valoración cercana a los dos billones de dólares y aspira a captar hasta 100.000 millones. El vínculo no es nuevo. Ya en noviembre de 2025 se pactó una inyección de hasta 10.000 millones, mientras Anthropic se comprometía a gastar 30.000 millones en Microsoft Azure, eso sí, sobre chips de Nvidia. La red de participaciones cruzadas se estrecha en lugar de aflojarse.
Huang insiste en que la demanda no se agota
Frente a ese ruido, el consejero delegado Jensen Huang ofreció en la conferencia Communacopia + Technology de Goldman Sachs un discurso marcadamente optimista. El despliegue de IA, dijo, no ha hecho más que empezar, y la demanda se mantiene firme tanto en proveedores cloud como en empresas, fabricantes de hardware y las llamadas neoclouds. Los sistemas Grace, Blackwell y NVLink crecen a un ritmo mensual del 27%. La compañía confirmó además un compromiso de 2 gigavatios de capacidad de centros de datos en Australia para 2027, con inversiones en infraestructura de 80.000 millones de dólares. Los inversores leyeron su intervención como un termómetro de la acogida de la próxima plataforma Vera-Rubin.
Ese relato encaja con el crecimiento del 70% que la dirección espera para el ejercicio 2028, un pronóstico que calificó expresamente como limitado por la oferta —es decir, por cuellos de botella en el suministro, no por falta de pedidos—. JPMorgan, tras un encuentro virtual con inversores, recogió ese mismo marco de referencia. Piper Sandler, por su parte, inició la cobertura con una recomendación de compra y un precio objetivo de 300 dólares, proyectando una tasa de crecimiento anual compuesta de los ingresos del 47% hasta el ejercicio 2030. El consenso de los 30 analistas que siguen el valor apunta a un objetivo a doce meses de unos 324 dólares, todos con recomendación de compra.
El mercado prefiere la cautela
Pese a ese coro de optimismo, la cotización no termina de despegar. El viernes cerró en 188,22 euros, prácticamente plano respecto a la jornada anterior. En la semana acumula un descenso del 5,1% y se sitúa alrededor de un 7,1% por debajo de su máximo de 52 semanas, fijado en 202,50 euros. En el año aún conserva una revalorización del 17%. El RSI, en 48,9, no señala ni sobrecalentamiento ni capitulación: el mercado simplemente está recalibrando la historia. Ni siquiera la reciente mejora de recomendación de Piper Sandler ha logrado imprimir un impulso duradero al precio.
La conclusión para el inversor es que Nvidia sigue siendo un negocio excepcional en lo operativo, y las estructuras de crédito y participaciones no cambian eso. Pero su transformación de proveedor a financiador de su propia demanda merece más escepticismo del que hoy le concede el consenso. Quien mantenga posiciones hará bien en vigilar no solo el crecimiento de los ingresos, sino también la calidad de los derechos de cobro y la solidez de las garantías. La historia sigue viva, solo que ahora es bastante más compleja de lo que sugieren los titulares sobre precios objetivo.
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