La estrategia de Nvidia ha dejado de ser un secreto a voces para convertirse en un patrón evidente: el gigante de los semiconductores no se limita a vender sus procesadores, sino que ahora también participa en el capital de las empresas que construyen la infraestructura que consume sus chips. Una maniobra que redefine su papel en el ecosistema de la inteligencia artificial.

El movimiento más reciente sitúa a Nvidia en conversaciones para invertir hasta 3.000 millones de dólares en SB Energy, filial de SoftBank Group vinculada al proyecto de centro de datos que OpenAI planea en Ohio. El campus, que aspira a movilizar unos 100.000 millones de dólares en créditos, contaría así con el respaldo directo del fabricante. Apenas unos días antes, la compañía había confirmado su intención de desembolsar otros 3.000 millones en Lancium, el desarrollador eléctrico detrás del centro Stargate en Texas: 2.000 millones inmediatos a cambio de aproximadamente el 20% del capital, más una inversión adicional condicionada a que Lancium asegure nuevas capacidades de suministro para los campus de IA.
A estas operaciones se suma la participación en Firmus, empresa de infraestructura de inteligencia artificial que, tras una ampliación de capital de 2.000 millones de dólares, alcanza una valoración superior a los 10.500 millones. En esa ronda, Nvidia compartió accionariado con Coatue Management, fondos de Blackstone y Jane Street.
Un giro hacia el lado financiero del negocio
La lógica subyacente es difícil de discutir: al convertirse en copropietario de la demanda, Nvidia asegura salida para sus productos en un mercado donde la capacidad de financiación de los clientes se ha vuelto el factor limitante. El problema es que esa misma lógica arrastra al grupo a compromisos de gran escala. En el marco de financiación de 500.000 millones de dólares para infraestructura de IA, donde según Reuters participan Goldman Sachs, BlackRock, Blackstone, Apollo, Brookfield y KKR, Nvidia ha manifestado que asumirá como máximo el 25% del total. Una declaración que delata cierta prudencia: el grupo conoce los límites de su propio balance, pero no quiere quedarse fuera del tablero.
Esa cautela ya se había manifestado semanas atrás. La garantía vinculada al proyecto de Ohio para OpenAI se redujo a principios de agosto desde los 250.000 millones de dólares originales hasta situarse por debajo de los 120.000 millones, según Reuters, que citaba al Wall Street Journal. Un recorte que sugiere que incluso Nvidia está recalibrando los riesgos de compromisos de esta magnitud.
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La maquinaria de productos no se detiene
Mientras tanto, la cadena de producción sigue su curso. Foxconn ha anunciado que comenzará a enviar la próxima plataforma de IA de Nvidia, "Vera Rubin", en el cuarto trimestre de 2026, después de que la compañía confirmara que el sistema ha alcanzado la producción en serie. El ciclo posterior a Blackwell avanza según lo previsto y los problemas de suministro no dominan por ahora la narrativa.
En el terreno de las alianzas comerciales, IBM y Together AI cerraron a mediados de agosto un acuerdo plurianual de 240 millones de dólares para construir un clúster de IA con sistemas Nvidia HGX B300 y tecnología Spectrum-X Ethernet. La primera fase de despliegue incluirá alrededor de 2.000 chips Blackwell 300. Además, el desarrollo de la nueva familia de modelos Nemotron 4 —cuyo mayor modelo superaría el billón de parámetros, según Reuters— confirma que Nvidia no solo ocupa el terreno del hardware, sino también el de los ecosistemas de software.
La sombra de lo legal y la cita del 26 de agosto
No todo son titulares favorables. El pasado viernes se presentó una demanda de accionistas contra el consejo de Nvidia, acusado de haber permitido conscientemente que modelos de IA se entrenaran con material protegido por derechos de autor y grabaciones de voz sin consentimiento, en un presunto incumplimiento de la ley de privacidad biométrica de Illinois. El desenlace es incierto, pero el caso subraya que los riesgos regulatorios sobre los datos de entrenamiento seguirán acompañando al grupo.
En el parqué, la acción se mantiene firme. El cierre del viernes se situó en 194,74 euros, apenas un 3,8% por debajo del máximo de 52 semanas de 202,50 euros. Desde enero, la revalorización acumulada alcanza el 22%, y el precio cotiza un 16% por encima de su media móvil de 200 días. Wells Fargo reiteró el 11 de agosto su recomendación de "sobreponderar" con un objetivo de 315 dólares, y proyecta unos ingresos de unos 91.000 millones para el segundo trimestre, en línea con el consenso que espera 91,90 millones —cifra que, por su magnitud, conviene leer como 91.900 millones— y un beneficio por acción de 2,08 dólares cuando Nvidia presente resultados el 26 de agosto.
Hasta entonces, la combinación de alianzas financieras, participaciones estratégicas y el arranque de Vera Rubin marcará la agenda, con el litigio como telón de fondo. La apuesta de Nvidia por financiar a sus propios compradores tiene lógica de crecimiento, pero también crea dependencias que, en un ciclo a la baja, podrían convertirse en un lastre. El mercado, por ahora, parece dispuesto a darle el beneficio de la duda.
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