La estrategia de Alphabet en inteligencia artificial se juega en dos frentes simultáneos: el financiero y el tecnológico. Mientras el mercado digiere la mayor ampliación de capital de su historia —84.750 millones de dólares—, un rumor sitúa a Google como cliente de Intel para más de tres millones de chips propietarios, una maniobra que desafiaría el dominio de Nvidia en el suministro de semiconductores para IA.

El informe, publicado por The Information y no confirmado oficialmente, apunta a que Alphabet ha encargado a Intel la fabricación de sus Tensor Processing Units (TPU) para 2028. Se trata de un pedido estratégico: los TPU son el caballo de batalla de Google frente a los procesadores gráficos de Nvidia. Si se confirma, supondría un espaldarazo para la fundición de Intel, cuyas acciones llegaron a dispararse más de un 9% tras la noticia. Alphabet, en cambio, cedió un 1,50% en la sesión y cerró en 315,45 euros en Fráncfort, reflejando la cautela del mercado ante la falta de confirmación y el peso de otras variables.
El silencio de las partes —Intel declinó hacer comentarios, Alphabet y Nvidia no respondieron— deja la operación en el terreno de la especulación. Pero la mera posibilidad revela la obsesión de Google por controlar su cadena de suministro de IA, en un contexto donde TSMC, el gigante taiwanés, sufre cuellos de botella. La octava generación de TPU, con arquitectura de doble chip para entrenamiento e inferencia, ya refleja esa filosofía: Google no solo quiere vender servicios de IA, sino dominar toda la cadena de valor, desde el silicio hasta la nube.
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Esa ambición requiere capital, y Alphabet lo ha buscado en los mercados. Seis días antes de que la acción cotizase ex-dividendo —con un pago de 0,22 dólares por título, un 5% más que el trimestre anterior y fecha de cobro el 15 de junio—, la compañía cerró un paquete de financiación que combina colocaciones tradicionales, un programa at-the-market de 40.000 millones y una colocación privada de 10.000 millones. Los fondos se destinarán a infraestructura de IA y capacidades globales de computación, aunque las ventas del programa ATM no comenzarán hasta el tercer trimestre de 2026.
Para el accionista, la ecuación es agridulce: por un lado, un dividendo en ascenso que, aunque testimonial para una empresa con 126.800 millones en efectivo y equivalentes, envía la señal de que el consejo no olvida a los propietarios. Por otro, el riesgo de dilución que supone la emisión de nuevas acciones. La duda no es si Alphabet puede permitirse el gasto —los resultados del primer trimestre de 2026 arrojan un récord de 109.900 millones de ingresos, un 22% más, y un beneficio operativo de 39.700 millones—, sino si logrará convertir esos miles de millones en crecimiento sostenible.
El negocio en la nube es el principal termómetro. Google Cloud ingresó 20.000 millones en el trimestre, un 63% más, y su beneficio operativo alcanzó los 6.600 millones. Pero el desembolso en activos fijos se disparó a 35.700 millones, más del doble que el año anterior. La compañía está invirtiendo a un ritmo que obliga a preguntarse cuándo llegará el retorno. Mientras, el precio de la acción en Fráncfort se sitúa un 10% por debajo del máximo de 52 semanas de 350,75 euros tocado el 18 de mayo, aunque acumula una ganancia cercana al 17% en el año.
Técnicamente, el RSI en 45,3 y el precio ligeramente por encima de la media de 50 días (305,10 euros) dibujan una zona neutral. La paciencia del mercado está puesta en dos frentes: la confirmación del encargo a Intel, que cambiaría las reglas del juego en la cadena de suministro de IA, y la capacidad de Alphabet para demostrar que su apuesta por el hardware propio y la ampliación de capital no es una huida hacia adelante, sino la base de un crecimiento rentable a largo plazo.
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