La carrera por la inteligencia artificial ya no se libra únicamente en los centros de datos terrestres. SpaceX ha quedado atrapada en esa vorágine, y los inversores lo han notado de inmediato: sus títulos retrocedieron un 2,4% el miércoles hasta los 148,94 euros, lastrados por las informaciones que apuntan a una macrofinanciación para adquirir procesadores de Nvidia.

Según Reuters, la compañía negocia una operación de deuda que rondaría los 40.000 millones de dólares, estructurada en unos 30.000 millones en bonos con calificación investment grade y 10.000 millones adicionales en créditos bancarios. Apollo Global Management lideraría las conversaciones, aunque por ahora se trata de contactos preliminares y no de un acuerdo cerrado. La magnitud de la cifra revela hasta qué punto el negocio espacial depende hoy del suministro de semiconductores de altas prestaciones.
La paradoja es evidente: el lanzamiento de cohetes genera ingresos recurrentes y fiables, pero conectar constelaciones satelitales con aprendizaje automático exige desembolsos previos colosales. Esa combinación empuja a la empresa a asumir un endeudamiento que los más escépticos observan con recelo.
Un giro estratégico que ya venía cocinándose
El movimiento no surgió de la nada. El domingo, Elon Musk anunció que la división de inteligencia artificial de la firma pasará a denominarse SpaceXSI, si bien Reuters matiza que aún no existe un calendario vinculante ni se ha modificado el perfil de esa unidad en la red social X. En paralelo, la compañía libra otra batalla en el frente regulatorio: junto a otros operadores presiona a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) para simplificar el procedimiento de autocoordinación de frecuencias de lanzamiento, una pretensión que Boeing, Lockheed Martin y RTX rechazan de plano por el riesgo de interferencias.
Mientras se dirimen esos pleitos, el pulso operativo no se detiene. A comienzos de octubre, un Falcon 9 puso en órbita más de un centenar de cargas útiles en la misión Transporter-18, entre ellas un satélite prototipo del proyecto Suncatcher de Google. La misión Crew-13 de la NASA atracó además con celeridad en la estación espacial, y la agencia estadounidense tiene previsto un nuevo vuelo de suministro regular para el 13 de octubre.
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Del cohete al bolsillo del usuario
Pero si hay una resolución que ha sacudido el tablero es la de la FCC, que el martes autorizó 15.000 satélites Starlink Mobile. El regulador eximió a SpaceX de la obligación de alquilar espectro móvil a través de un operador tradicional como AT&T o Verizon, lo que le permite desplegar telefonía directa desde el cielo sin intermediarios. La ambición es mayúscula: frente a los aproximadamente 4 Mbit/s que ofrecían unos 650 satélites, la nueva constelación promete hasta 150 Mbit/s por usuario. El salto convierte a la firma en un competidor serio del móvil terrestre y le otorga control vertical sobre toda la cadena, desde el lanzamiento hasta el teléfono del cliente final.
A ese plan se suma otro igualmente voraz: el vicepresidente Michael Nicolls ha confirmado el diseño de clústeres estrechamente acoplados para futuros satélites de cómputo con bandas extremadamente anchas, lo que explica la necesidad de financiación para chips de Nvidia que Apollo intenta articular.
El coste de tanta ambición queda retratado en las cuentas. En el ejercicio 2025, SpaceX elevó sus ingresos hasta 18.670 millones de dólares, pero registró unas pérdidas netas de 4.940 millones. La creciente carga de deuda recuerda que los proyectos de infraestructura visionaria siguen siendo intensivos en capital y muy sensibles a cualquier retraso.
Wall Street se divide entre el entusiasmo y la prudencia
Las casas de análisis no coinciden. Goldman Sachs elevó el lunes su precio objetivo hasta los 230 dólares y reiteró su recomendación de compra, apoyándose en sus estimaciones revisadas para los segmentos espacial y de inteligencia artificial. Más cauto se mostró Charles Minervino, de Susquehanna, que el miércoles mantuvo su postura neutral aunque subió su objetivo a 173 dólares. En la misma línea optimista, Adam Jonas, de Morgan Stanley, reafirmó su calificación de overweight y sostiene un ambicioso objetivo de 300 dólares, confiando en que los avances del Starship y los nuevos contratos de nube actúen como catalizadores antes del próximo vuelo de prueba.
La reacción del mercado fue contenida: la acción cedió un 1,7% hasta los 150,00 euros, un retroceso menor que, sin embargo, la mantiene holgadamente por encima de su media móvil de 50 días, situada en 124,27 euros. El valor se ha despegado con claridad de sus mínimos recientes.
Con la autorización para 15.000 satélites, SpaceX levanta una barrera regulatoria y tecnológica difícil de igualar a corto plazo. La oportunidad de monopolizar el enlace desde el espacio compite, eso sí, con una factura financiera que obligará a los accionistas a armarse de paciencia.
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