La petrolera brasileña ha vuelto a situar su capacidad extractiva en el centro del debate inversor. Los datos difundidos este martes confirman que la compañía bombeó durante el tercer trimestre de 2026 una media de 3,512 millones de barriles equivalentes de petróleo al día, un 11,7% más que en el mismo periodo del año anterior y un 5,3% por encima del trimestre inmediatamente precedente. Se trata de una cifra que supera ya el techo que la propia empresa había fijado para 2028, situado en 3,4 millones de barriles diarios.

El impulso procede de la puesta en marcha de nuevas instalaciones en Búzios y Mero, así como de un calendario de mantenimiento más holgado. En el último trimestre entraron en funcionamiento doce nuevos pozos de producción. La plataforma P-82, por su parte, partió el 18 de octubre desde Singapur rumbo a Brasil y está destinada al yacimiento de Búzios, aunque su entrada en operación no se espera hasta 2027.
El récord de extracción no basta para valorar la acción
Junto a la producción, el resto de los indicadores operativos también alcanzó cotas elevadas. Las exportaciones de crudo y productos refinados sumaron 1,251 millones de barriles diarios, un 20,7% más interanual. Solo de petróleo crudo se colocaron en el exterior 987.000 barriles al día, lo que representa un avance del 21,3%. Las refinerías operaron al 99% de su capacidad y las ventas internas de derivados llegaron a 1,854 millones de barriles diarios, el mayor registro histórico del actual sistema de refino.
Con todo, la magnitud de estas cifras no resuelve por sí sola la pregunta que de verdad importa al accionista: cuánto beneficio genera cada barril adicional. Un récord de extracción y un resultado financiero sólido no son lo mismo, y la confirmación llegará el 10 de noviembre, cuando la compañía publique sus cuentas trimestrales tras el cierre del mercado. Al día siguiente, 11 de noviembre, está prevista la presentación de resultados por internet.
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La brecha del diésel lastra la traducción a beneficios
El punto débil se encuentra en el mercado doméstico de carburantes. El precio que Petrobras aplica al diésel se sitúa alrededor de un 25% por debajo de la paridad de importación, según las estimaciones de Goldman Sachs, que además no contempla ninguna subida antes de que termine 2026. La reciente decisión del Gobierno de prorrogar 30 días las subvenciones al diésel añade un elemento de distorsión: los productores e importadores reciben una ayuda de 2,12 reales por litro, a la que se suma, para las importaciones y hasta el 6 de noviembre, un apoyo adicional de 1,40 reales por litro.
El respaldo público amortigua esa diferencia, pero los analistas no creen que la elimine por completo. De ahí que convenga distinguir entre el ajuste que aritméticamente sería necesario y la subida que realmente se espera. Itaú BBA calcula que cerrar la brecha acumulada a lo largo del año exigiría un encarecimiento del diésel de aproximadamente el 60% y de cerca del 18% en el caso de la gasolina. El desfase actual frente a la paridad de importación lo cifra ese mismo análisis en torno al 20% para el diésel.
Dos velocidades posibles para la convergencia
El banco brasileño también describe cómo podría producirse el acercamiento a los precios internacionales. Un primer escenario contempla un ajuste inicial de aproximadamente el 25% a comienzos de noviembre, que llevaría a la convergencia con la paridad hacia finales de enero de 2027. La alternativa sería un arranque más prudente, con una subida inicial de alrededor del 13% seguida de nuevos retoques, lo que retrasaría la equiparación hasta finales de marzo de 2027. Ninguno de estos cálculos constituye un anuncio de la compañía: son proyecciones que describen qué movimientos de precios serían precisos bajo cada supuesto.
A todo ello se suma el ruido político. La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva sobre Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta de las presidenciales brasileñas provocó un descenso notable de la cotización, ya que el mercado releyó el riesgo de intervención estatal. La presidenta de Petrobras, Magda Chambriard, calificó esa reacción de especulativa y sostuvo que no refleja la situación fundamental de la empresa, una lectura que no sustituye la cautela de los inversores.
El equilibrio, por tanto, se dirime entre unos volúmenes récord que ya están sobre la mesa y una política de precios de los carburantes que aún no ha cristalizado. Si las cuentas del 10 de noviembre confirman que la mayor producción se traduce en un resultado convincente, el argumento operativo ganará peso frente a la desconfianza política. Si el efecto financiero decepciona, el descuento por riesgo podría mantenerse aunque los barriles sigan batiendo marcas.
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