La cotización de Nvidia retrocede con fuerza este martes, pero el verdadero debate entre los inversores ya no gira únicamente alrededor del precio de sus chips. El fabricante estadounidense se ha convertido en el principal arquitecto financiero de la infraestructura de inteligencia artificial, y esa transformación tiene un coste que empieza a preocupar a Wall Street: el riesgo acumulado en su propio balance.

Las acciones ceden alrededor de un 2,5% hasta los 189,60 euros, después de cerrar el lunes en 194,40 euros. El retroceso se produce en un clima de aversión al riesgo tras las declaraciones del presidente Trump sobre Irán, que descartó ampliar la tregua temporal y provocó ventas generalizadas en los valores tecnológicos de alta valoración. Otras fuentes sitúan la caída en el 2,2%, con el título rondando los 190,04 euros, aproximadamente un 6,2% por debajo del máximo de 52 semanas de 202,50 euros alcanzado en mayo.
Una garantía de 105.000 millones que cambia el relato
En el centro de la nueva narrativa se encuentra una cifra que Nvidia ha revelado en una comunicación obligatoria: 105.000 millones de dólares como límite acumulado para compromisos contingentes vinculados a garantías de valor residual del megacampus de centros de datos en Ohio. El inquilino será una filial de OpenAI y el propietario, SB Energy, la compañía controlada por SoftBank.
La magnitud de esa exposición ha llevado a Morgan Stanley a poner el foco en un problema que hasta ahora había pasado desapercibido: la concentración de riesgo en un único cliente. OpenAI ya no es solo un comprador de chips, sino un factor de riesgo para la propia solvencia de Nvidia a través de estructuras de garantía entrelazadas. Mientras la demanda de IA siga creciendo a un ritmo exponencial, nadie parece dispuesto a preocuparse; pero si el ritmo se desacelera, esas garantías podrían convertirse en el centro de todas las miradas.
La operación de Ohio no es un caso aislado. El lunes, Nvidia anunció una inversión directa de 1.500 millones de dólares en SB Energy como parte de una alianza plurianual para asegurar 4,25 gigavatios de capacidad, ampliables hasta 8 gigavatios, destinados a infraestructura exclusiva de OpenAI. Según la compañía, cada fase de expansión podría requerir alrededor de 1,5 millones de chips gráficos de Nvidia y generar ingresos estimados de entre 150.000 y 200.000 millones de dólares. OpenAI utilizará el recinto mediante un contrato de arrendamiento de 20 años, con una primera fase orientada a 4,25 gigavatios de capacidad de cómputo y opción a 3,75 gigavatios adicionales.
El fabricante que financia su propia demanda
Si se suman los miles de millones comprometidos en plataformas de financiación con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR —que en conjunto pretenden movilizar más de 500.000 millones de dólares para el desarrollo global de infraestructura de IA—, emerge un patrón claro: Nvidia está financiando cada vez más la demanda de sus propios chips.
Esa estrategia tiene un reverso que los inversores comienzan a calibrar. La compañía ya no es únicamente un proveedor de semiconductores, sino un socio financiero de todo el ecosistema, con un nivel de apalancamiento implícito que no aparece de forma inmediata en los estados contables. La pregunta que muchos se hacen es hasta qué punto ese entramado de garantías y participaciones puede afectar a los márgenes y al flujo de caja cuando llegue el momento de rendir cuentas.
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La competencia aprieta desde dos frentes
Mientras tanto, la presión competitiva no da tregua. Un analista de Jefferies ha señalado tras el evento "Advancing AI 2026" de AMD que el rival podría estar superando a Nvidia en algunos segmentos concretos, gracias a su hoja de ruta de servidores de IA. Las alianzas anunciadas por AMD en julio refuerzan esa percepción: con OpenAI, la compañía optimizará cargas de trabajo de la clase GPT mediante el framework Triton y el software ROCm para sus chips Instinct MI455X y los racks Helios, que OpenAI prevé poner en marcha a partir del cuarto trimestre de 2026. Con Anthropic, AMD ha pactado el suministro de chips MI450 por hasta dos gigavatios de potencia de cálculo, respaldado por un compromiso de capital de 5.000 millones de dólares; la primera fase, de un gigavatio, llegará en la primera mitad de 2027.
Para los accionistas de Nvidia, el mensaje es inquietante: dos de sus clientes más relevantes en IA están diversificando deliberadamente su aprovisionamiento. A ello se suma la decisión del hedge fund Third Point, que liquidó por completo su posición en Nvidia durante el segundo trimestre, junto con sus participaciones en Meta, KLA y Lam Research. Aunque una salida de este tipo no demuestra por sí sola un cambio de tendencia, el mercado tiende a interpretarla como una señal de advertencia.
Tampoco ayudan los nuevos aranceles estadounidenses del 10% al 12,5% sobre importaciones de 60 países por acusaciones de trabajo forzoso, que sustituyen al gravamen plano del 10% anterior. Aunque no afectan directamente a Nvidia, podrían repercutir indirectamente a través de las cadenas de suministro y los presupuestos de sus clientes.
La hoja de ruta tecnológica no se detiene
Pese a las turbulencias, el músculo tecnológico de Nvidia permanece intacto. La próxima generación de plataforma, Vera Rubin, ha entrado en producción completa y las primeras entregas de sistemas están previstas para el tercer trimestre de 2026. La compañía ya trabaja en la siguiente arquitectura, denominada Feynman, basada en el proceso A16 de 1,6 nanómetros de TSMC, con producción en masa prevista como muy pronto para la segunda mitad de 2028.
Esa continuidad en la hoja de ruta explica que las principales firmas de Wall Street mantengan su confianza. Bank of America elevó su precio objetivo a 350 dólares el 15 de agosto, citando la demanda acelerada de los chips Blackwell; ese mismo día, JPMorgan, a través del analista Harlan Sur, subió su objetivo a 280 dólares, destacando el liderazgo consolidado en cómputo de IA y el creciente impulso del negocio de redes. Ambas entidades mantienen recomendaciones de compra.
El título cotiza aún muy por encima de su media móvil de 200 días, situada en 168,32 euros, lo que sugiere que la tendencia alcista de largo plazo sigue vigente. Pero el examen de fuego llegará el 26 de agosto, cuando Nvidia presente los resultados del segundo trimestre de su ejercicio fiscal 2027 tras el cierre del mercado. La compañía ha orientado a los analistas hacia unos ingresos de aproximadamente 91.000 millones de dólares, mientras que el consenso espera alrededor de 92.000 millones y un beneficio por acción de 2,06 dólares.
Ese informe servirá también para calibrar hasta qué punto las obligaciones acumuladas en Ohio y las alianzas financieras con los grandes fondos están empezando a pesar en la rentabilidad. Nvidia ha dejado de ser una simple historia de semiconductores para convertirse en una apuesta por todo el ecosistema de la IA, con una red de seguridad que, paradójicamente, podría convertirse en su principal fuente de vulnerabilidad.
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