La combinación de compras institucionales ininterrumpidas y un giro en las expectativas monetarias de Estados Unidos ha vuelto a impulsar al metal precioso. La onza troy cerró el lunes en 4.475,80 dólares, un avance del 1,0% que prolonga una escalada que en los últimos 30 días acumula una revalorización del 12%. Aun así, el oro sigue cotizando un 20% por debajo de su máximo histórico de 5.586,20 dólares, alcanzado en enero.

Pekín marca el ritmo
El Banco Popular de China amplió sus reservas en aproximadamente 20 toneladas durante julio, equivalentes a unas 640.000 onzas troy. Con esta operación, la entidad encadena 21 meses consecutivos de compras, una racha que evidencia su estrategia de diversificación sistemática de las reservas de divisas. Este flujo constante de demanda actúa como contrapeso a las ventas de inversores privados y contribuye a estabilizar las cotizaciones incluso en fases de debilidad.
El apetito oficial trasciende fronteras. Según estimaciones del World Gold Council, los bancos centrales adquirieron alrededor de 289 toneladas en el segundo trimestre, un 62,4% más que las 177,9 toneladas del mismo periodo del año anterior. La aceleración resulta aún más llamativa si se compara con los magros 56,5 toneladas del primer trimestre: las compras se han multiplicado por más de cinco.
Los fondos vuelven al redil
El segundo pilar de esta rally lo aportan los inversores institucionales a través de fondos cotizados. Las posiciones en ETF respaldados por oro físico vuelven a crecer, con especial intensidad en China, y las entradas también se recuperan en el ámbito internacional. Desde el 20 de julio, los inventarios de lingotes en estos vehículos han aumentado en 24 toneladas, el ritmo más veloz desde principios de abril.
Esta convergencia entre bancos centrales y gestores de activos otorga al movimiento alcista una base más sólida que en ocasiones anteriores, cuando la demanda dependía casi exclusivamente de un único tipo de comprador.
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La Fed, bajo la lupa
El telón de fondo macroeconómico refuerza el atractivo del oro. La publicación de datos débiles en Estados Unidos —con una inflación contenida y un consumo que pierde fuelle— ha llevado a los mercados a rebajar drásticamente sus apuestas sobre una subida de tipos en septiembre. La probabilidad implícita de un endurecimiento se ha reducido hasta aproximadamente un tercio, frente al casi 50% que se descontaba antes de conocerse las cifras.
Los operadores aguardan ahora dos citas clave: las actas de la reunión de julio del Comité Federal de Mercado Abierto y la intervención del presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, en el simposio de Jackson Hole. Ambos eventos podrían ofrecer pistas sobre la trayectoria futura de la política monetaria.
Geopolítica en vilo, petróleo impasible
El tablero geopolítico añade otro capítulo de incertidumbre. Israel lanzó el fin de semana nuevos ataques contra objetivos en Líbano, mientras que Donald Trump prepara sanciones económicas adicionales contra Irán. El presidente estadounidense ha descartado además ampliar el acuerdo de paz interino, lo que mantiene en alerta a los operadores ante posibles repuntes inflacionarios.
Sin embargo, el mercado petrolero permanece ajeno a estas tensiones. Los productores de Oriente Próximo continúan enviando millones de barriles a través del estrecho de Ormuz, lo que mantiene estables los precios del crudo y disipa, por ahora, el temor a un nuevo brote inflacionista.
El indicador RSI se sitúa en 66,2, un nivel que refleja fortaleza sin llegar a sugerir condiciones de sobrecompra. La ecuación que sostiene al metal combina, por tanto, tres variables: la demanda estructural de los bancos centrales, el retorno de los flujos hacia los ETF y unas expectativas de tipos cada vez más benignas. El discurso de Warsh en Jackson Hole servirá de termómetro para medir hasta dónde puede prolongarse este equilibrio.
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