La semana pasada, los inversores de Nvidia vivieron un sobresalto que ya empieza a ser habitual: un desplome sectorial que borró más de un billón de dólares de capitalización en los fabricantes de semiconductores, seguido de una recuperación casi inmediata. El lunes, la acción cerró con una subida del 1,91% hasta los 182,90 euros, y el martes continuó la escalada con otro avance del 2,28%, hasta los 183,66 euros. En siete sesiones, la ganancia acumulada alcanza el 10,57%. Pero detrás de esta montaña rusa se esconde una transformación mucho más profunda que cualquier oscilación bursátil: Nvidia ya no es solo una empresa de chips, sino una pieza clave en la arquitectura financiera de toda la industria de la inteligencia artificial.

El giro hacia la banca de la IA
La noticia que ha reavivado el debate sobre el nuevo papel de Nvidia llegó a través de un informe que revela conversaciones entre la compañía y OpenAI. Nvidia estaría evaluando una garantía de financiación de 250.000 millones de dólares para respaldar el gigantesco proyecto de centro de datos que OpenAI planea construir en Ohio. De materializarse, Nvidia absorbería el riesgo crediticio que normalmente asumen los bancos comerciales, actuando como avalista de su propio cliente más importante.
Este modelo, que algunos describen como financiación circular, funciona así: Nvidia vende sus procesadores y, al mismo tiempo, garantiza los préstamos con los que sus clientes compran esos procesadores. Las comparaciones con la burbuja de las puntocom son inevitables, pero los analistas señalan un matiz crucial: la demanda de los chips de gama alta de Nvidia supera a la oferta en una proporción estimada de 12 a 1. Esa escasez actúa como un suelo bajo la valoración, y ni siquiera los bajistas más conocidos, como Michael Burry —que ha extendido sus posiciones put hasta junio de 2027—, logran ignorarla.
Mientras tanto, la siguiente generación de procesadores avanza sin freno. SpaceX ha decidido que sus futuros clústeres de computación se construirán exclusivamente sobre la plataforma Vera Rubin, con el objetivo de superar los dos gigavatios de capacidad de cálculo para finales de 2026. Anthropic, por su parte, ha firmado con el proveedor de infraestructuras Volta Infra un contrato de seis años valorado en 10.000 millones de dólares, que asegura 121 megavatios de capacidad Vera Rubin en una instalación operada por Bitdeer en Noruega. El dato más revelador de este acuerdo es la participación de JPMorgan como prestamista: es la primera vez que un gran banco de Wall Street entra en un contrato de infraestructura de este tipo, una señal de que la economía de Nvidia empieza a ser considerada solvente por el sistema financiero tradicional.
El mercado digiere la volatilidad
La acción cotiza actualmente un 9,80% por encima de su media móvil de 200 días, situada en 166,58 euros, mientras que respecto a la media de 50 días —178,76 euros— el margen es más ajustado, del 2,32%. El RSI, en 55,3, indica que el valor no está ni sobrecomprado ni sobrevendido. La volatilidad anualizada a 30 días, del 37,91%, refleja sin embargo que Nvidia se ha convertido en una apuesta de alta beta: su cotización reacciona con intensidad a cada declaración de los hyperscalers —Microsoft, Amazon, Google y Meta— sobre sus presupuestos de inversión en IA.
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El rebote de esta semana se apoyó precisamente en los resultados trimestrales de esos grandes clientes. Microsoft y Amazon presentaron cifras sólidas en sus divisiones de nube y confirmaron sus planes de gasto; Amazon incluso elevó su previsión de inversión y restó importancia a la competencia entre sus propios chips y los de Nvidia. Ese flujo de capital fresco hacia los ETF de semiconductores sugiere que, por ahora, los optimistas mantienen el control del relato.
El factor chino, una incógnita persistente
Sobre la cuestión de la inversión planea otro asunto sin resolver: el acceso de Nvidia al mercado chino. La situación ha oscilado entre la prohibición y la autorización parcial durante el último año. En diciembre de 2025, el presidente Trump anunció que Nvidia podría vender sus chips H200 a China, y el 13 de enero de 2026 el Departamento de Comercio formalizó esa decisión en una norma que los expertos calificaron rápidamente de contradictoria.
La demanda real sigue siendo opaca. Las empresas chinas parecen estar obteniendo hardware de Nvidia más por vías indirectas que mediante ventas directas. Un ejemplo reciente: el startup chino de IA Moonshot operaría sus modelos Kimi con unas 20.000 unidades de chips Hopper de Nvidia, adquiridas a través de un acuerdo de capacidad de cálculo con Alibaba. Este tipo de accesos indirectos y controvertidos mantienen a China como un riesgo de titulares, no como una fuente fiable de ingresos.
La cita del 26 de agosto
Con una capitalización bursátil de aproximadamente 4,22 billones de euros, Nvidia se enfrenta a una prueba decisiva el 26 de agosto, cuando presente los resultados de su segundo trimestre fiscal. El precio objetivo medio de los analistas se sitúa en 262,72 euros, lo que implicaría un potencial de revalorización cercano al 43% desde los niveles actuales. El consejo de administración, mientras tanto, ha aprobado un programa de recompra de acciones por valor de 80.000 millones de dólares, una señal inequívoca de que la dirección confía en que la fase de escasez del sector se prolongará durante años, no meses.
La pregunta que domina el mercado no es si la tecnología de Nvidia funciona —eso está fuera de duda—, sino si el entramado de créditos, garantías y financiación circular que la compañía teje alrededor de sus clientes funcionará como una red de seguridad estabilizadora o como una trampa que se active cuando la demanda finalmente se enfríe. El pasado mes ha demostrado con crudeza lo rápido que puede tambalearse la narrativa ante una sola llamada de resultados o una decisión inesperada desde Washington.
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