Cuando un fabricante de chips empieza a hablar el lenguaje de los gestores de activos, algo ha cambiado en la industria. Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, lo expresó con una contundencia inusual el pasado 10 de agosto: por primera vez, los chips tecnológicos se han convertido en una clase de activo invertible. La afirmación no es retórica. Detrás hay una estructura financiera que une al gigante de semiconductores con seis de los nombres más poderosos de Wall Street —Apollo Global Management, Blackstone, BlackRock, Brookfield Asset Management, Goldman Sachs y KKR— para canalizar más de 500.000 millones de dólares de inversores externos hacia infraestructura de inteligencia artificial.

La pieza central de este entramado es una garantía de valor residual de hasta el 25% sobre sus GPU. Nvidia asume así parte del riesgo asociado a la construcción masiva de centros de datos, un movimiento sin precedentes entre los fabricantes de hardware. La lógica interna es sencilla: si la compañía está dispuesta a respaldar el valor futuro de sus propios procesadores, es porque confía en que su vida útil superará el próximo salto arquitectónico. Huang, recientemente reconocido como CEO del año 2026 por Glassdoor, no se limita a vender silicio; está vendiendo la certeza de que ese silicio conservará valor.
La maquinaria se mueve en paralelo
La iniciativa financiera no viaja sola. A finales de julio, Nvidia selló una alianza estratégica con Safe Superintelligence Inc. (SSI), la empresa cofundada por Ilya Sutskever. El acuerdo, cuyo volumen Bloomberg cifró en 5.000 millones de dólares, incluye una participación accionarial y acceso anticipado a la plataforma Vera Rubin, con el objetivo de multiplicar por diez la capacidad de cómputo de SSI.
A mediados de julio, la compañía presentó la "Cosmos Coalition", un consorcio que reúne a Fujitsu, FANUC, Yaskawa Electric, Kawasaki Heavy Industries, Hitachi, NEC, SoftBank, Sony y Kubota. Todos ellos desarrollarán aplicaciones de IA física —robótica y automatización industrial— sobre las plataformas Cosmos, Isaac, Metropolis y Jetson. Y a principios de agosto, Nvidia amplió su ecosistema de código abierto con el lanzamiento del modelo Nemotron 3.5 Lightning, al tiempo que advertía sobre los cuellos de botella en la distribución eléctrica que condicionan el despliegue del cómputo acelerado.
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El mercado digiere la apuesta
La reacción bursátil ha sido de calma tensa. La acción cotiza en torno a los 196,18 euros, un 0,8% por encima de la sesión anterior, con una subida semanal del 3,4% y un avance acumulado del 22% en lo que va de año. Queda un 3,1% para alcanzar el máximo de 52 semanas de 202,50 euros, registrado a mediados de mayo. Otra lectura sitúa esa distancia en el 3,9%, con una volatilidad anualizada del 39% y una capitalización bursátil de 4.563,67 mil millones de euros.
No todos los observadores comparten el entusiasmo. El veterano inversor Michael Burry ha señalado paralelismos entre estas estructuras de financiación y los mecanismos que precedieron a crisis financieras anteriores. Su pregunta incómoda: si Nvidia garantiza el valor residual de sus propios chips, ¿quién asume el riesgo último si la demanda se desploma?
Los datos de los socios sugieren, por ahora, que la demanda no es un problema. CoreWeave, proveedor de cómputo para IA, acumula una cartera de pedidos de 104.000 millones de dólares. Super Micro ha sorprendido con unas previsiones notablemente sólidas. Y los analistas de Goldman Sachs y Susquehanna mantienen su recomendación positiva, respaldados por la serie GB300 y la futura arquitectura Vera Rubin. El precio objetivo medio se sitúa en 262,28 euros, un potencial de revalorización del 34,7%.
El 26 de agosto, fecha señalada
Ese día, Nvidia presentará los resultados del segundo trimestre de su ejercicio fiscal 2027, cerrado a finales de julio. Las expectativas son exigentes: en el primer trimestre, la compañía logró unos ingresos récord de 81.600 millones de dólares, un 85% más que el año anterior, con el negocio de centros de datos creciendo un 92% hasta los 75.200 millones. En mayo, además, se aprobó un programa de recompra de acciones por 80.000 millones de dólares y la dividendo trimestral pasó de 0,01 a 0,25 dólares por título.
La pregunta que sobrevuela la cita es la visibilidad de la demanda: hasta qué punto pueden proyectarse los pedidos futuros con fiabilidad. Pero la cuestión de fondo, la que realmente definirá si la estrategia de Huang es una jugada maestra o una estructura financiera sobreapalancada, es más simple y a la vez más compleja: cuánto valdrá un H100 dentro de cinco años. Nadie tiene la respuesta hoy. El mercado, sin embargo, parece dispuesto a pagar por adelantado esa incertidumbre.
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