El metal precioso atraviesa uno de esos momentos en los que los manuales de trading se quedan cortos. La escalada entre Estados Unidos e Irán suele encender la demanda de refugio, pero esta vez el oro ha tomado un camino distinto: en lugar de beneficiarse de la tensión geopolítica, ha sucumbido a la presión combinada de unos tipos de interés al alza, un dólar fortalecido y unos datos macroeconómicos que no invitan a la Fed a mover ficha.

El detonante más reciente llegó el viernes con la publicación de las cifras de empleo estadounidense. La economía del país generó 162.000 puestos de trabajo en agosto, una cifra que casi triplicó las 56.000 plazas que esperaba el consenso del mercado. La reacción del oro fue inmediata: cerró la sesión en 4.430,09 dólares por onza, un 1,0% por debajo del día anterior.
Del entorno de 4.700 dólares a la corrección de septiembre
El recorrido bajista viene de atrás. A mediados de agosto, el metal llegó a tocar máximos intratables cercanos a los 4.700 dólares por onza, alimentado por la debilidad del billete verde y un apetito comprador inusualmente intenso. Pero septiembre ha traído consigo una digestión necesaria. El precio cayó más de un 2% hasta los 4.342,20 dólares, y poco después profundizó el descenso hasta aproximadamente 4.330 dólares, el nivel más bajo desde el 7 de agosto, antes de encontrar cierto equilibrio.
El primer empujón bajista se gestó el viernes anterior, cuando el gobernador de la Fed, Kevin Warsh, dejó entrever que los tipos se mantendrían sin cambios. Esa declaración reavivó las apuestas por nuevas subidas y, según datos de Tradingeconomics, el mercado pasó a descontar una probabilidad del 66% de que la Fed aplique un incremento en septiembre. Para un activo que no genera intereses, cada movimiento alcista en los tipos encarece el coste de oportunidad de mantenerlo en cartera.
A ese lastre se sumaron el encarecimiento del petróleo por la tensión en Oriente Próximo y sus implicaciones inflacionistas, que paradójicamente no impulsaron la demanda de oro como refugio, sino que reforzaron las expectativas de rendimientos más altos en la deuda estadounidense. En Londres, la onza cedió alrededor de un 1,5% hasta los 4.372 dólares, mientras que el contrato de futuros más activo para diciembre se dejó caer hasta los 4.356,40 dólares en las primeras horas de negociación.
Pese al retroceso, conviene relativizar el alcance de la corrección. En el último mes, el oro acumula una revalorización del 4,3%, y en agosto cerró con un avance superior al 10%. Eso sí, el precio se sitúa ahora un 2,2% por debajo de su media de 200 días, un indicador de que la euforia de los últimos meses ha dado paso a una fase de consolidación técnica.
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Los bancos centrales, un contrapeso silencioso
Mientras los operadores especulan con el calendario de la Fed, hay una corriente de fondo que sostiene el mercado: la demanda estructural de los bancos centrales. Según el World Gold Council, las instituciones oficiales adquirieron 23 toneladas en julio, con China a la cabeza (20 toneladas) y Polonia en segundo lugar (8 toneladas). En lo que va de año, las compras acumuladas rondan las 130 toneladas, algo por debajo de las aproximadamente 160 toneladas del mismo periodo del año anterior, pero suficiente para evidenciar un interés estratégico sostenido.
El panorama, no obstante, dista de ser uniforme. Entre enero y mayo, Rusia vendió 34,2 toneladas y Turquía se desprendió de 81,0 toneladas, situándose ambos entre los mayores vendedores mundiales. En mayo, sin embargo, la balanza se inclinó de nuevo hacia las compras netas, con 41 toneladas acumuladas gracias al empuje de Polonia, China, Uzbekistán y Kazajistán.
Las expectativas a medio plazo apuntan en la misma dirección. La encuesta del World Gold Council revela que el 89% de los bancos centrales consultados anticipa un aumento de las reservas globales de oro en los próximos doce meses, y un 45% prevé incrementar sus propias tenencias, una proporción que marca un récord en esta serie histórica.
Un mercado que mira al calendario macro
La demanda global de oro se mantuvo estable en el segundo trimestre, con 1.268,9 toneladas colocadas, en línea con el año anterior. El precio medio según el LBMA fue de 4.506 dólares, un 8% inferior al del primer trimestre, lo que refleja la volatilidad que ha caracterizado al mercado en los últimos meses. En agosto, el metal subió un 10,5% y la plata le siguió la estela con un avance del 14,9%.
La perspectiva anual invita al optimismo: el oro cotiza un 25% por encima de su nivel de hace doce meses. Pero también conviene recordar que desde el máximo histórico de 5.598,58 dólares alcanzado a finales de enero, el precio se ha dejado un 21%, una muestra elocuente de cómo los cambios en las expectativas de tipos y los titulares geopolíticos pueden sacudir el metal en cuestión de días.
Los próximos hitos están marcados en rojo en el calendario. El 11 de septiembre se publicarán los datos de inflación al consumo en Estados Unidos, y entre el 15 y el 16 de septiembre la Fed celebrará su reunión de política monetaria. Ambos eventos deberían determinar si esta pausa en la trayectoria alcista del oro es simplemente un respiro o el preludio de un movimiento lateral más prolongado.
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