Hay una imagen que condensa el momento que atraviesa Nvidia: mientras dos de sus consejeros reducen posiciones en el capital, la empresa cierra acuerdos por valor de miles de millones en el mismo lapso de tiempo. La escena podría leerse como una señal contradictoria, pero los números que maneja el fabricante de chips sugieren que ambas cosas pueden convivir sin que ninguna invalide a la otra.

La otra cara de las ventas de los directivos
Mark Stevens, miembro del consejo de administración, presentó a principios de septiembre un formulario Form-144 ante la SEC que autoriza la venta de hasta cinco millones de acciones clase A, por un valor cercano a los 1.090 millones de dólares. No se trata de un movimiento aislado: a finales de agosto ya había colocado 585.000 títulos por 128,9 millones de dólares y, un día después, otras 63.501 acciones por 14 millones. Desde junio, sus ventas planificadas y ejecutadas rondan los 1.500 millones de dólares.
En paralelo, el también consejero Tench Coxe transfirió el 2 de septiembre 500.000 acciones ordinarias a un precio de cero dólares por título — una donación ejecutada bajo un plan de negociación Rule 10b5-1 —, quedándose con 24.171.360 acciones de forma indirecta a través de un fideicomiso. Entre el 31 de agosto y el 2 de septiembre, Stevens vendió además acciones ordinarias en el mercado abierto a precios de entre 220,06 y 226,27 dólares, manteniendo tras esas operaciones 3.658.770 títulos de forma indirecta.
Conviene poner las cifras en perspectiva: la capitalización bursátil de Nvidia asciende a unos 4.787,11 mil millones de euros. Los movimientos de los consejeros, canalizados a través de planes automáticos y estructuras fiduciarias, representan una fracción mínima del total. Las razones personales — diversificación, planificación fiscal, liquidez — suelen explicar este tipo de operaciones mucho mejor que cualquier lectura apocalíptica.
La expansión no se detiene
Mientras tanto, la compañía mantiene un ritmo de adquisiciones que pocas empresas de su tamaño pueden sostener. La compra de Hugging Face, acordada en septiembre por 12.930 millones de dólares, se ha convertido en la segunda mayor operación de su historia, solo superada por los 20.000 millones que destinó en diciembre a los activos de Groq. Con Hugging Face, Nvidia gana acceso a una plataforma de modelos de código abierto, conjuntos de datos y aplicaciones que le permite acercarse a la comunidad de desarrolladores que decidirá el futuro de la infraestructura de inteligencia artificial.
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A esa operación se suma una inversión de 3.500 millones de dólares en bonos convertibles de MediaTek, dentro de una alianza estratégica que permitirá al fabricante taiwanés ofrecer la plataforma NVLink-Fusion de Nvidia a clientes que desarrollan sus propios chips de IA. La lista de socios continúa: SK hynix colabora en soluciones de memoria para la plataforma Vera Rubin, que ya está en fase de producción en centros de datos de CoreWeave, Google Cloud, Microsoft Azure, Oracle Cloud Infrastructure y Nebius. Synopsys ha ampliado su cooperación en diseño, y con SpaceXAI se ha pactado el uso de CPUs Vera para aplicaciones de IA basadas en agentes, incluido un sistema Vera Rubin NVL72 optimizado para el espacio cuyo lanzamiento está previsto para el cuarto trimestre de 2027.
La guía que marca el rumbo
El verdadero termómetro, sin embargo, no son las operaciones de los consejeros ni la agenda de alianzas, sino las previsiones que la compañía ha comunicado para el trimestre en curso. El 26 de agosto, Nvidia anunció una estimación de ingresos de 108.000 millones de dólares para el tercer trimestre del ejercicio fiscal 2027, con un margen bruto del 74% tanto en términos GAAP como no GAAP, admitiendo una desviación de dos puntos porcentuales en la primera cifra y de 50 puntos básicos en la segunda.
La directora financiera, Colette Kress, ha ido más lejos al proyectar un crecimiento de ingresos del 70% para el ejercicio fiscal 2028, muy por encima del 44% que esperaban de media los analistas. Estos pronósticos descansan sobre una base sólida: en el segundo trimestre del ejercicio 2027, Nvidia registró unos ingresos de 96.200 millones de dólares, un 106% más que el año anterior. Llama la atención que la compañía no incluya en sus cálculos para el tercer trimestre ningún ingreso por centros de datos en China, pese a que el Departamento de Comercio de EE.UU. suavizó en enero las restricciones a la exportación de los chips H200. La prudencia, en este caso, no le impide superar las expectativas del mercado.
Un precio que roza máximos
El comportamiento bursátil refleja esa confianza. El viernes, la acción cerró en 198,56 euros, con una subida del 1,1% en la sesión y del 4,5% en la semana. El título se encuentra apenas un 1,9% por debajo de su máximo de 52 semanas, situado en 202,50 euros, y un 17% por encima de su media móvil de 200 días. La volatilidad, eso sí, sigue siendo elevada, en torno al 42%.
La próxima cita con los resultados, prevista para el 25 de noviembre, servirá para comprobar si Nvidia cumple o supera la barrera de los 108.000 millones de dólares. Si lo logra, las ventas de los consejeros quedarán probablemente en un segundo plano. Si no, el debate sobre la sostenibilidad del rally podría reavivarse. Por ahora, la compañía combina una cosa y la contraria: ejecutivos que hacen caja y una dirección que invierte como si el futuro no tuviera techo. La historia sugiere que, en Nvidia, ambas lecturas pueden ser ciertas a la vez.
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