La firma estampada en un acuerdo gubernamental ha terminado por redefinir el tablero competitivo de la computación cuántica estadounidense. D-Wave Quantum ha cerrado con el Departamento de Comercio de EE.UU. un compromiso vinculante que le garantiza hasta 100 millones de dólares procedentes del CHIPS and Science Act, a cambio de una participación minoritaria sin derechos de control para el Estado. La reacción bursátil no se hizo esperar: las acciones escalaron este martes hasta los 15,75 euros, un avance del 9,3% respecto al cierre previo, aunque las cifras varían según la fuente consultada —otras referencias sitúan la subida en el 5,6%, hasta 15,21 euros—.

Un Estado que apuesta por todo el campo, no por un único caballo
Lo realmente novedoso del acuerdo trasciende a la propia compañía. En la misma jornada, Rigetti Computing y Quantinuum han rubricado convenios idénticos por idéntico importe, también con participación no controladora del Ejecutivo. En total, Washington distribuirá dos mil millones de dólares entre nueve empresas del sector, con IBM como gran beneficiario al captar mil millones para su planta de fabricación de chips cuánticos en Albany, Nueva York.
La lectura geopolítica resulta inevitable: Estados Unidos no quiere elegir ganador tecnológico, prefiere alimentar a todo el ecosistema. Desde especialistas en recocido cuántico como D-Wave hasta defensores del modelo de puertas lógicas como Quantinuum o Rigetti, todos reciben oxígeno público. Para el inversor, la paradoja es singular: el Estado se sienta en el consejo de su compañía mientras financia con la misma generosidad a sus competidores directos.
La primera entrega, algo más de 53,5 millones de dólares, se materializará inmediatamente después de la fecha de concesión. A cambio, Washington recibirá 7.095.721 acciones a un precio de emisión de 14,093 dólares por título. Los tramos restantes —9,075 millones, 16,695 millones, 20,39 millones y finalmente 287.380 dólares— quedan supeditados a la consecución de hitos tecnológicos concretos. Los fondos se destinarán a escalar los sistemas de recocido y de puertas, con el objetivo declarado de construir máquinas de 100.000 y 10.000 qubits, respectivamente.
El espejismo de la revalorización frente a los fundamentales
Conviene, no obstante, poner la euforia en perspectiva. El repunte de hoy no borra las cicatrices acumuladas: el título permanece un 61% por debajo de su máximo de 52 semanas, los 40,41 euros alcanzados el pasado octubre. Desde enero, la depreciación ronda el 30%, aunque el salto de esta sesión ha alejado al valor del suelo marcado el 30 de marzo. La volatilidad anualizada del 85% advierte de que movimientos como el de hoy pueden reproducirse en cualquier dirección.
Los números operativos invitan a la cautela. En el segundo trimestre de 2026, la facturación alcanzó los 3,1 millones de dólares, prácticamente plana en comparación interanual. El semestre completo arroja unos ingresos de 5,9 millones, un 67% menos que en el mismo periodo del ejercicio anterior —si bien esta caída responde al efecto base: el año pasado se contabilizó una venta de sistema de gran volumen que ahora no tiene equivalente—.
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Donde sí se aprecia dinamismo es en la cartera de pedidos. Las reservas del trimestre crecieron un 59%, hasta 2,1 millones de dólares, y en el primer semestre se dispararon hasta los 35,5 millones, un incremento del 1.120% impulsado por un contrato de sistema valorado en 20 millones. Esta divergencia entre ingresos corrientes magros y pedidos en expansión describe con precisión a una empresa que transita de la fase investigadora a la comercial.
Confianza institucional y nubarrones legales
Pese a la turbulencia bursátil, el capital institucional no ha dado la espalda a D-Wave. Según informaciones de prensa, varios gestores de activos de primer nivel aumentaron sus posiciones o entraron como nuevos accionistas durante el segundo trimestre de 2026. Una señal de que parte del dinero profesional sigue comprando la narrativa de crecimiento a largo plazo.
El respaldo gubernamental, además, otorga un intangible difícil de cuantificar: la consideración de Washington hacia D-Wave como pieza estratégica en la carrera cuántica. La participación sin derechos de control preserva la autonomía operativa de la compañía mientras el Estado ejerce como socio capitalista.
No todo son luces. Un bufete jurídico examina, según distintas informaciones, posibles reclamaciones de inversores por supuestas prácticas engañosas vinculadas a la reciente comunicación de resultados y a la salida del director financiero, John Markovich, anunciada hace algo más de una semana. Ese flanco legal discurre en paralelo al acuerdo con el CHIPS Act y no guarda relación directa con él.
Un puente financiero hacia la madurez comercial
La cotización sigue por debajo de su media de 200 días, situada en 18,71 euros, lo que delata que el escepticismo sobre la evolución operativa persiste entre los analistas. Sin embargo, la reacción de hoy demuestra que una inyección de capital estatal concreta pesa más que cualquier anuncio de pedidos o reservas futuras.
La pregunta de fondo que plantea esta operación no es si D-Wave sale beneficiada —lo está, sin discusión—, sino si una tecnología que necesita el respaldo del erario público para financiar su próxima generación de ordenadores está preparada para valerse por sí misma en el mercado libre. La respuesta la escribirán los próximos ejercicios, con los 100 millones del Gobierno como puente financiero y los hitos de desarrollo como única garantía de que el desembolso mereció la pena.
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