La compañía canadiense de computación cuántica atraviesa un momento singular: mientras sus cifras de contratación se disparan, el Gobierno estadounidense se convierte en socio minoritario y la cúpula financiera cambia de manos. Tres frentes que dibujan un mismo interrogante sobre el futuro del negocio.

El acuerdo con el Departamento de Comercio de Estados Unidos quedó sellado el 8 de septiembre. D-Wave Quantum recibirá hasta 100 millones de dólares procedentes de la ley CHIPS, y a cambio Washington se hará con una participación minoritaria sin control operativo. No es un caso aislado: Rigetti y Quantinuum obtendrán también hasta 100 millones cada una, mientras GlobalFoundries se asegura 375 millones para levantar una fundición cuántica en territorio estadounidense.
En total, el Departamento de Comercio ha comprometido alrededor de 300 millones de dólares entre tres firmas de computación cuántica, dentro de un programa más amplio que en mayo ya contemplaba cartas de intención por más de 2.000 millones de dólares repartidas entre nueve compañías. IBM, por sí sola, aspira a recibir 1.000 millones.
D-Wave destinará los fondos, según las anunciaciones disponibles, a procesos de semiconductores para sus tecnologías de annealing y de puertas lógicas, con el foco puesto en ampliar la fabricación en suelo norteamericano.
Un patrón que trasciende el sector cuántico
La operación encaja en una conducta más amplia del Ejecutivo estadounidense, que ya es el mayor accionista individual de Intel con un 9,9%, y que mantiene posiciones en MP Materials, Lithium Americas y US Steel. El Estado actúa cada vez más como inversor industrial y no solo como proveedor de ayudas.
Para una empresa con ingresos limitados como D-Wave —que facturó unos 3,1 millones de dólares en el segundo trimestre—, la inyección de capital sin coste financiero supone un respaldo evidente. Ahora bien, la ecuación también altera el equilibrio de poder: el principal cliente de un sector incipiente pasa a ser copropietario del mismo. A corto plazo pesa la ventaja del capital; a largo, queda por ver hasta qué punto la hoja de ruta estratégica de estas compañías conserva su independencia con Washington sentado en la mesa.
El reparto de fondos revela además la competencia interna del sector. Quantinuum apuesta por la tecnología de iones atrapados y trabaja con GlobalFoundries sobre obleas de 300 milímetros. Rigetti opta por superconductores y tres proyectos concretos de hardware: electrónica de lectura miniaturizada, una nueva arquitectura de criostato y chips de alta conectividad. D-Wave se sitúa en un punto intermedio con su sistema comercial Advantage-II y los qubits de fluxonium, con el objetivo declarado de fabricar a gran escala tanto sistemas de annealing como de puertas.
Que el Estado financie simultáneamente tres arquitecturas rivales indica que Washington no quiere coronar aún a ningún ganador tecnológico. La subvención de la ley CHIPS no es un espaldarazo a la tecnología propia, sino una apuesta por el conjunto del tablero.
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Los pedidos como termómetro real del negocio
Al margen del respaldo público, las cifras del segundo trimestre de 2026 ofrecen una fotografía más nítida de la evolución comercial. Los ingresos se mantuvieron prácticamente planos en 3,1 millones de dólares respecto al mismo periodo del año anterior. La contratación, en cambio, cobró impulso: las reservas del trimestre crecieron un 59% hasta 2,1 millones.
El dato más llamativo llega en la primera mitad del ejercicio, con un salto de los pedidos del 1.120% hasta 35,5 millones de dólares, impulsado en parte por la venta de un sistema valorado en 20 millones. Las obligaciones de rendimiento pendientes alcanzaron los 40,7 millones, un 668% más, y la mayor parte debería convertirse en ingresos en los próximos dos años.
La empresa reafirmó su previsión de entregar dos sistemas a lo largo del año, con la mayor parte de la facturación anual concentrada en el cuarto trimestre. La próxima cita con las cuentas está fijada para el 5 de noviembre de 2026. Quienes apuesten por el tránsito de los proyectos de investigación hacia la venta comercial de sistemas deberían vigilar de cerca la evolución de esas obligaciones pendientes, probablemente el indicador más fiable para medir si el negocio despega.
Relevo en la cúpula financiera
Hace algo más de una semana, D-Wave comunicó la salida de su director financiero, John Markovich, que abandonó el cargo el 2 de septiembre tras cinco años en la compañía. La sustitución recae de forma interina en Greg Golkov, hasta ahora vicepresidente sénior de Finanzas, que asume las funciones de CFO en funciones y la máxima responsabilidad sobre las finanzas y la contabilidad.
Desde ese cambio en la dirección, el título se ha recuperado alrededor de un 5,0%, señal de que el mercado ha encajado la transición con serenidad.
La brecha entre el negocio y la cotización
Pese a los avances operativos, el precio sigue muy lejos de los máximos. La acción cotiza en torno a los 14,95 euros, un 63% por debajo del máximo de 52 semanas de 40,41 euros, y acumula un descenso del 34% desde que arrancó el año. La discrepancia entre el impulso comercial y la trayectoria bursátil es difícil de ignorar.
El mercado, de hecho, apenas reaccionó con euforia a la noticia de la subvención: el valor se movía en 14,76 euros, ligeramente por encima del cierre previo de 14,73 euros, con un avance del 2,0% en siete días pero un retroceso del 16% en el último mes y una caída del 35% en lo que va de ejercicio. La distancia con el techo anual, del 63%, sugiere que el respaldo de la ley CHIPS ya estaba en parte descontado, dado que informaciones similares circulaban desde días antes.
Se dibujan así dos fuerzas contrapuestas. De un lado, una cartera de pedidos en expansión y el apoyo estatal apuntalan el interés por la tecnología de D-Wave. Del otro, la volatilidad del valor y el relevo en la dirección financiera siguen lastrando la cotización. Las cuentas de noviembre deberán aclarar si el volumen de contratación se traduce por fin en un crecimiento sostenido de los ingresos.
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