Que Elon Musk haya sido convocado por el Pentágono para diseñar la guerra del futuro dice mucho de hasta dónde ha llegado SpaceX. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo sumó ayer junto al fundador de Anduril Industries, Palmer Luckey, y al ex presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich al frente de "Project Meridian", un estudio que analizará los conceptos operativos militares de los próximos conflictos. No es un cargo decorativo: confirma que la compañía aeroespacial ya forma parte del esqueleto de seguridad de Estados Unidos.

Esa pata institucional convive con un ritmo de lanzamientos que no tiene parangón. Tres despegues en dos costas estadounidenses en apenas 13 horas resumen la capacidad logística de la firma. Además de la misión Crew-13 rumbo a la Estación Espacial Internacional y de un vuelo para la agencia de inteligencia militar, el foco estuvo en Transporter-18, que partió desde la base Vandenberg de la Fuerza Espacial con 130 cargas útiles a bordo. Entre ellas viaja un prototipo solar de Project Suncatcher, de Alphabet, destinado a probar en órbita la resistencia a la radiación y la disipación de calor de unos chips TPU de Google.
Del transporte de carga a la nube orbital
Ese vuelo es mucho más que una entrega comercial. Representa el primer indicio tangible de la mutación que persigue la empresa: dejar atrás el papel de mero transportista para convertirse en plataforma de infraestructura tecnológica dedicada al procesamiento de datos en el espacio. El mercado, sin embargo, mira con prudencia. El título se sitúa en 134,22 euros con un avance moderado del 0,7%, y la rutina de lanzamientos ya no basta por sí sola para electrizar al parqué. Los inversores exigen pruebas de que las grandes ambiciones fuera del negocio del transporte acabarán rindiendo.
Ahí es donde se enciende la euforia de Wall Street. El director financiero, Bret Johnsen, presentó los planes del centro de datos orbital Starmind, respaldados por contratos de cómputo con socios como Anthropic y Google. La casa de análisis Needham concede un enorme crédito a esa transformación: con un precio objetivo confirmado de 250 dólares, sus expertos aluden a ingresos anuales por inteligencia artificial en el orden de miles de millones. Los analistas de Citi van más lejos y consideran factible a largo plazo una valoración de 12,2 billones de dólares.
La factura física del proyecto
Conviene, aun así, mirar los números con frialdad. La dirección argumenta que la energía solar en órbita puede multiplicar por ocho el rendimiento en tierra, pero las realidades físicas no se borran de un plumazo. Refrigerar equipos en el vacío, blindar semiconductores sensibles frente a la radiación cósmica y mantener instalaciones en el espacio sin posibilidad real de reparación constituyen desafíos de ingeniería de primer orden. A ello se suma la dependencia del nuevo sistema de lanzamiento Starship.
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El resultado es un equilibrio delicado. Con un recorrido negativo del 31% respecto a su máximo de 52 semanas, la cotización refleja el escepticismo que generan los plazos exagerados del megaproyecto. En el otro platillo de la balanza pesan el dominio indiscutible en los lanzamientos Falcon y el despliegue mundial de la red Starlink, que dibujan una base operativa sólida. Quien apueste a que la compañía generará beneficios cuantiosos como proveedor de nube orbital en pocos años asume un riesgo considerable: la excelencia en la rampa de lanzamiento está fuera de duda, pero la conversión en operador de centros de datos espaciales sigue siendo, por ahora, una promesa audaz.
El colchón de los contratos públicos
Frente a quienes ven en SpaceX una aventura tecnológica temeraria, el fundamento operativo ofrece otra lectura: la empresa se ha convertido en un socio crítico para el Gobierno estadounidense. El miércoles, el valor cerró a 133,32 euros, con una capitalización equivalente a 1.688,20 millones de euros que refleja expectativas gigantescas pero se apoya en un pilar notablemente firme de encargos estatales.
El 26 de septiembre, un Falcon 9 puso en órbita la misión clasificada USSF-385 para la Fuerza Espacial. Unos días antes, el 18 de septiembre, la NASA amplió su contrato CCtCap con SpaceX en 946 millones de dólares para tres misiones tripuladas adicionales a la ISS, de Crew-15 a Crew-17. El volumen total del acuerdo asciende así a 5.920 millones de dólares, con vigencia hasta 2030. Mientras los contratistas de defensa tradicionales lidian con retrasos, SpaceX entrega frecuencia e infraestructura sin sobresaltos. Washington ya no puede permitirse planificar sin contar con Musk.
En paralelo, la ofensiva comercial avanza. La Comisión Federal de Comunicaciones concedió el 17 de septiembre a la filial Space Exploration Holdings la autorización mundial bajo la Sección 214 para servicios internacionales de telecomunicaciones en apoyo de Starlink Mobile, un paso que aún no incluye frecuencias ni licencias de operación en otros países, pero que delimita con claridad el corredor estratégico. La expansión no está exenta de resistencia: el consejero delegado de AT&T, John Stankey, calificó de insostenible la estrategia móvil de SpaceX, según reportes de prensa. Al mismo tiempo, acuerdos como el sellado el 23 de septiembre con la aerolínea Vietjet para internet de alta velocidad en 120 aviones demuestran que la demanda del sector comercial es real.
También en el plano técnico hay avances: el decimocuarto vuelo de prueba del Starship alcanzó el 28 de septiembre el espacio por primera vez y desplegó 26 satélites Starlink V3, aunque la misión terminó antes de lo previsto, tras unas tres horas, con un amerizaje en el Pacífico. La notificación de la presidenta y directora de operaciones, Gwynne Shotwell, sobre su intención de vender 342.170 acciones el 22 de septiembre apenas empaña ese cuadro operativo: este tipo de transacciones para obtener liquidez son rutina entre directivos de esa escala.
SpaceX ya no es una simple startup de lanzamientos, sino un pilar industrial de la infraestructura espacial occidental. Con un precio de 133,32 euros, el título cotiza un 11% por encima de su media móvil de 50 días, situada en 119,82 euros. La participación en iniciativas del Pentágono como "Project Meridian" refuerza la tesis de que su posición monopólica ante el Ejército estadounidense y la NASA amortigua eficazmente el riesgo a la baja. El sector espacial sigue siendo intensivo en capital y peligroso, pero mientras Washington considere a SpaceX una pieza irremplazable, sobran argumentos para defender la viabilidad de esta hegemonía industrial.
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