Rocket Lab: el pulso entre el contrato récord y una acción que no levanta cabeza
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Rocket Lab: el pulso entre el contrato récord y una acción que no levanta cabeza

Hay ocasiones en las que el mercado y la realidad operativa de una compañía parecen hablar idiomas distintos. Rocket Lab encarna ahora mismo esa contradicción con una crudeza inusitada: mientras el papel cotiza en mínimos recientes, la cartera de pedidos marca máximos históricos y el Pentágono multiplica sus encargos. La pregunta que sobrevuela el parqué es cuánto tiempo puede ignorar el inversor esta dinámica antes de que los fundamentales acaben imponiéndose.

Imagen tecnológica

Índice de Contenidos
  1. Una apuesta institucional en plena tormenta
  2. El Pentágono como motor de crecimiento
  3. El negocio satelital, al margen del ruido bursátil
  4. La sombra de la dilución y las dudas de Wall Street
  5. Una cita clave en noviembre

Una apuesta institucional en plena tormenta

En ese escenario de incertidumbre, la gestora IEQ Capital ha decidido mover ficha. Según el registro conocido este lunes, la firma ha adquirido acciones de Rocket Lab por valor de 2,59 millones de dólares. Un desembolso modesto en términos relativos, pero simbólicamente relevante: llega justo cuando el título acumula un retroceso del 18% desde que la compañía anunciara hace aproximadamente dos semanas el retraso del primer vuelo de su cohete Neutron.

La operación contrasta con el tono general del mercado. El valor se mueve en torno a los 57 euros, muy por debajo de su media de 50 sesiones, situada en 70,02 euros, y también un 17% bajo la media de 200 días. Un dibujo técnico que, para muchos analistas, evoca más una rendición que un punto de inflexión. El descenso acumulado desde máximos históricos alcanza el 57%, mientras que la distancia respecto al mínimo anual todavía supera el 77%.

El Pentágono como motor de crecimiento

La realidad corporativa, sin embargo, cuenta otra historia. En las últimas dos semanas, Rocket Lab ha encadenado anuncios que la consolidan como un proveedor estratégico del aparato militar estadounidense. Su incorporación al consorcio Space Data Network de la Space Force le ha reportado dos contratos por valor de 12 millones de dólares para tecnología de comunicaciones ópticas en órbita. A ello se suma su participación en el programa NITE-STAR, un marco contractual para infraestructura de pruebas con un volumen global de 981 millones de dólares.

La lista continúa. Viasat ha seleccionado a la compañía para desarrollar un bus satelital geoestacionario destinado al programa PTS-G de la Space Force. Y a principios de mes, Rocket Lab se adjudicó un contrato de 397 millones de dólares para los denominados "flatellites" dentro del programa SB-AMTI. Una cascada de pedidos que dibuja una transformación estructural: la antigua firma de lanzamiento de cohetes pequeños se está convirtiendo en un proveedor diversificado de infraestructura espacial para el Pentágono.

Esa metamorfosis también se refleja en las cifras trimestrales. La compañía registró en el segundo trimestre unos ingresos récord de 234 millones de dólares, un 62% más que el año anterior, y una cartera de pedidos de 2.360 millones de dólares que se ha más que duplicado en doce meses. La dirección además presume de haber asegurado más de mil millones de dólares en nuevos contratos durante y después del trimestre.

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El negocio satelital, al margen del ruido bursátil

Mientras la acción sufre, las operaciones continúan su curso. El 20 de agosto, Rocket Lab completó su misión número 93 con el cohete Electron y el decimocuarto lanzamiento del año, poniendo en órbita un satélite de radar de tipo iQPS desde Nueva Zelanda. Fue el noveno despliegue exitoso para este cliente, que aún tiene reservados otros nueve lanzamientos hasta 2030.

Apenas cinco días antes, el 15 de agosto, las plataformas satelitales construidas para MDA Space alcanzaron la órbita terrestre para dar soporte a los servicios de comunicación directa al dispositivo de Globalstar. Con ello, Rocket Lab ha puesto en órbita las ocho primeras plataformas de las diecisiete contempladas en un contrato valorado en 143 millones de dólares. La diversificación más allá de la rampa de lanzamiento, en definitiva, empieza a dar frutos tangibles.

La sombra de la dilución y las dudas de Wall Street

Pero no todo son luces. El 13 de agosto, la compañía firmó un nuevo programa de capital con Deutsche Bank Securities y Wells Fargo Securities que permite la venta de acciones propias por un volumen de hasta 1.944.369.826 dólares. Aunque no se emitirán títulos adicionales más allá del importe no colocado del programa anterior, el mercado lo interpreta como un factor de dilución potencial, especialmente en el contexto de la posible adquisición de Iridium Communications que la compañía viene sopesando.

El escepticismo tiene además anclas concretas. La pérdida por acción de 8 centavos en el segundo trimestre superó el consenso, que esperaba 6 centavos de pérdida. Ese fallo llevó a Wall Street Zen a rebajar el valor a "Vender" a mediados de agosto, citando también las abundantes ventas de información privilegiada registradas en los 90 días anteriores. Las desinversiones programadas del director financiero, Adam C. Spice, y otros ejecutivos tras el vesting de unidades de acciones restringidas son legalmente irreprochables, pero alimentan un malestar latente.

Frente a ese pesimismo, otras firmas han optado por la convicción. Cantor Fitzgerald elevó el 11 de agosto su precio objetivo de 96 a 122 dólares, manteniendo la recomendación de "Sobreponderar". Y el 22 de agosto, un analista de Seeking Alpha mejoró su calificación de "Mantener" a "Comprar", argumentando que el margen de seguridad ha mejorado tras el desplome de doble dígito hasta la zona de soporte de 57 dólares y recordando el récord de pedidos pendientes.

Una cita clave en noviembre

La resolución de esta pugna entre dinámica operativa y debilidad técnica podría llegar el 9 de noviembre, cuando Rocket Lab presente los resultados del tercer trimestre. Para entonces, el mercado tendrá que decidir si la transformación de la compañía en un contratista militar de primer orden merece una valoración más generosa que la actual, o si la combinación de retrasos, dilución potencial y ventas internas justifica la cautela. La operación de IEQ Capital sugiere que al menos algunos inversores institucionales ya han tomado partido.

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Miguel Ángel Torres Díaz

Sobre el autor

Miguel Ángel Torres Díaz

Periodista de tecnología especializado en videojuegos, realidad virtual y tendencias de consumo digital. Más de 10 años cubriendo la industria tecnológica española.

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