El oro atraviesa su fase más bajista en más de una década. La onza cotiza en 4.041 dólares, tras ceder un 10,5% en los últimos treinta días. El metal precioso encadena su peor trimestre desde 2013, con un desplome que lo aleja del récord de 5.626 dólares alcanzado en enero.

La Reserva Federal marca el ritmo. El presidente del banco central, Kevin Warsh, ha descartado cualquier recorte inminente y advierte de que los tipos se mantendrán altos durante más tiempo. La inflación persistente, alimentada por la energía cara y el encarecimiento de los semiconductores, podría incluso forzar una nueva subida. El mercado descuenta con un 64% de probabilidad un incremento en septiembre. El dólar se fortalece como consecuencia, encareciendo el oro para los inversores fuera de Estados Unidos.
A este cóctel se suma un factor geopolítico: las negociaciones de paz entre Estados Unidos e Irán reducen la demanda de refugio. El apetito por el metal se resiente en el corto plazo.
Sin embargo, bajo la superficie, el panorama es bien distinto. Los bancos centrales no solo mantienen su fe en el oro, sino que la intensifican. Una encuesta del OMFIF entre 90 instituciones revela que el 82% de ellas ya posee oro físico, frente al 71% del año anterior. Además, un 30% de los bancos centrales consultados planea incrementar sus reservas en los próximos doce meses. La cifra más llamativa: el 61% de los participantes espera que la onza supere los 5.000 dólares antes de junio de 2027.
El cambio de estrategia es estructural. Por primera vez, una mayoría de bancos centrales quiere reducir la exposición al dólar en sus reservas a largo plazo. El oro, como activo libre de riesgo de contraparte y a prueba de sanciones, se convierte en la alternativa predilecta. Según el World Gold Council, las compras oficiales alcanzan una media de 1.000 toneladas anuales, el doble que en la década anterior.
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Del lado de la oferta, las perspectivas son ajustadas. La inversión en exploración de nuevos yacimientos se ha hundido a mínimos históricos, según S&P Global. Las grandes mineras prefieren ampliar proyectos existentes en regiones como Nevada antes que arriesgarse en territorios vírgenes. Desde el hallazgo hasta la producción efectiva suelen transcurrir más de diez años, lo que anticipa un déficit de suministro.
Un filón alternativo duerme en los vertederos. Solo en Alemania yacen 167 millones de teléfonos móviles en desuso que, según la agencia geológica del país, contienen alrededor de una tonelada de oro. El reciclaje de estos residuos electrónicos sigue siendo marginal a escala global.
A nivel técnico, el soporte inmediato se sitúa en 3.857 dólares, mientras que la resistencia local se encuentra en 4.221. Superar este techo podría allanar el camino hacia una recuperación, pero la presión vendedora sigue dominando.
Los analistas de Goldman Sachs, pese a todo, mantienen un sesgo positivo. Su objetivo es de 4.900 dólares para finales de 2026, confiando en que el apetito institucional compense la debilidad coyuntural.
El mercado espera ahora dos catalizadores de peso: los datos de empleo en Estados Unidos y la próxima comparecencia de Kevin Warsh. Sus palabras sobre el rumbo de los tipos marcarán el tono del tercer trimestre. Por debajo de la volatilidad diaria, la red de seguridad que tejen los bancos centrales sugiere que el oro no ha dicho su última palabra.
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