La dirección de Oracle ha transmitido a sus responsables de equipo la orden de recortar costes de personal antes de que arranque el segundo trimestre fiscal. Según distintos medios, las tijeras deberían dejar mermas de dos dígitos porcentuales en algunas plantillas. La instrucción circuló antes del 1 de septiembre, un momento cuando menos llamativo si se compara con la fotografía que la compañía acababa de presentar al mercado.

El jueves, el gigante tecnológico había reportado para su primer trimestre fiscal una facturación de 19.300 millones de dólares, un 30% más que un año antes. Los ingresos de nube escalaron un 62% hasta 11.600 millones, y el negocio de infraestructura como servicio (IaaS) se disparó un 121% hasta 7.400 millones. El beneficio por acción bajo criterios GAAP avanzó un 55%, hasta 1,56 dólares. Con semejantes cifras sobre la mesa, la pregunta obligada es por qué una empresa en plena expansión decide apretarse el cinturón precisamente en la partida de salarios.
El lastre de unas inversiones históricas
La respuesta no está en la cuenta de resultados, sino en el balance. Oracle elevó el año pasado sus inversiones de capital hasta 55.700 millones de dólares, frente a los 21.200 millones del ejercicio anterior. Ese esfuerzo dejó el flujo de caja libre en negativo, con un saldo de menos 23.700 millones. Para el año en curso, la compañía prevé destinar alrededor de 70.000 millones a inversiones y, además, captar unos 40.000 millones mediante deuda y capital.
Los gastos de reestructuración ya reflejan ese ajuste: las indemnizaciones por despido pasaron de 374 millones a 1.840 millones de dólares. En una comunicación obligatoria, Oracle cifró en unos 700 millones el incremento adicional de los costes de reestructuración del programa de recortes en marcha, lo que elevaría el total del ejercicio 2026 hasta aproximadamente 2.800 millones. Leído con este prisma, el mandato a los mandos intermedios para aligerar la nómina antes del cierre trimestral se parece menos a una señal de debilidad y más a una forma de cofinanciar el despliegue de centros de datos.
La maquinaria no se detiene: solo en el primer trimestre, Oracle entregó 850 megavatios adicionales de capacidad para sus centros de datos. Y la cartera de pedidos respalda la apuesta, con las obligaciones de rendimiento restantes (RPO, por sus siglas en inglés) escalando 209.000 millones interanuales hasta 664.000 millones de dólares. A ello se suman más de 30.000 millones en nuevos contratos de nube para inteligencia artificial, según Reuters.
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Un valor que cotiza entre dos relatos contrapuestos
El comportamiento bursátil refleja esa tensión. El título se mueve en torno a los 131-132 euros, prácticamente plano respecto a la sesión anterior, aunque un 7,7% por encima de su media móvil de 50 días, lo que indica que la tendencia de corto plazo sigue intacta. En el acumulado de 30 días acumula una revalorización del 6,6%, pero desde el 1 de enero pierde un 21%. La distancia hasta su máximo de 52 semanas, situado en 279,35 euros, alcanza el 53%, mientras que su suelo anual descansa en 100,76 euros.
Esa brecha refleja el escepticismo de los inversores ante el volumen de gasto comprometido, incluso después de unos resultados operativos que superaron las previsiones de Wall Street. La disciplina de costes en plantilla difícilmente despejará por completo esas dudas, pero evidencia que Oracle no piensa financiar sin límites la ampliación de su infraestructura en la nube.
El pulso entre la cartera de pedidos y la factura del ajuste
El elemento que marcará la próxima fase del valor es sencillo de formular: ¿crece el negocio de nube e inteligencia artificial a un ritmo superior al que los costes de reestructuración erosionan el margen? Los 664.000 millones en compromisos pendientes constituyen un colchón de ingresos enorme para los próximos ejercicios. Sin embargo, una cartera de pedidos al alza no garantiza por sí sola la rentabilidad a corto plazo cuando, en paralelo, se desembolsan miles de millones en despidos y reorganización. La clave, por tanto, no reside tanto en el volumen contratado como en la velocidad a la que ese volumen se transforma en caja, mientras la partida de gastos ya está fijada.
En el escenario optimista, se impone la lectura con la que el mercado recibió las cuentas trimestrales: la demanda de inteligencia artificial templa los temores sobre el consumo de efectivo, como lo expresó Reuters. Si Oracle demuestra en los próximos trimestres que una porción creciente de esos 664.000 millones se convierte en ingresos efectivos, la acción podría prolongar su recuperación reciente. A ese viento de cola se suma la decisión de Larry Ellison de retirar su plan de vender hasta 50 millones de títulos de Oracle por un valor aproximado de 7.500 millones de dólares, gesto que el mercado interpretó como una muestra de confianza del fundador y presidente ejecutivo.
Bruselas, la otra variable en juego
El riesgo más serio nace de la suma de varios frentes abiertos. Los costes de reestructuración ya han sido revisados al alza en dos ocasiones, lo que invita a preguntarse si el programa es realmente controlable o si habrá nuevos ajustes. A esto se añade la investigación de las autoridades de competencia de la Unión Europea sobre las prácticas de licenciamiento de software de Oracle, un procedimiento que, según Reuters, aún está en fase inicial y cuyo desenlace es incierto, pero que en caso de derivar en una investigación formal acarrearía riesgos legales y costes adicionales.
Si se confirma que el negocio operativo no compensa los crecientes gastos extraordinarios y la presión regulatoria desde Bruselas se intensifica, la desconfianza de los últimos meses podría regresar con rapidez. Mientras Oracle logre transmitir de forma creíble que su cartera de pedidos se traduce con agilidad en facturación y flujo de caja, el valor tiene margen para seguir alejándose de su mínimo anual. Si esa percepción se quiebra —ya sea por nuevos retoques en el programa de reestructuración o por un endurecimiento del expediente europeo sobre licencias—, el riesgo de volver hacia la zona de mínimos anuales vuelve a primer plano. El próximo examen concreto para los inversores pasa por la evolución del procedimiento comunitario y por comprobar si el plan de ajuste, con los cerca de 2.800 millones ahora presupuestados, queda realmente cerrado o exige otra corrección.
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