El anuncio que el 10 de agosto de 2026 sacudió la industria no procedía de un banco de inversión, sino de un fabricante de semiconductores. Nvidia comunicó que, junto a Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR, movilizaría más de 500.000 millones de dólares de capital de terceros para levantar infraestructura de inteligencia artificial. La cifra, por sí sola, ya habría bastado para acaparar titulares. Pero lo realmente revelador es lo que implica: la compañía dirigida por Jensen Huang deja de ser un mero proveedor de chips para actuar como el nodo por el que circulan los flujos de capital de las mayores gestoras del planeta.

Esa metamorfosis hacia arquitecto financiero del ecosistema coincide con unos resultados trimestrales que no desmerecen la ambición. En el segundo trimestre del ejercicio fiscal 2027, Nvidia ingresó 96.200 millones de dólares, un 18% más que en el trimestre precedente y un 106% por encima del mismo periodo del año anterior. El margen bruto se situó en el 75,0%, tanto bajo criterios GAAP como non-GAAP, mientras que el beneficio por acción alcanzó los 2,46 dólares en términos GAAP y los 2,22 dólares en non-GAAP.
La China que desaparece de la ecuación
Lo más llamativo de las cuentas no es tanto su magnitud como su composición. Para el trimestre en curso, Nvidia no contempla ningún ingreso de centros de datos procedente de China. Aun así, la compañía proyecta unas ventas de 108.000 millones de dólares, con un margen de fluctuación del 2%, lo que mantiene intacto el ritmo de expansión. Los gastos operativos, por su parte, ascenderán a unos 9.200 millones de dólares (GAAP) o 9.000 millones (non-GAAP), y el margen bruto del tercer trimestre se estima en el 74,0%, con una desviación de 50 puntos básicos, ligeramente por debajo del registrado en el periodo anterior.
La exclusión de China del cálculo no es un capricho contable: evidencia hasta qué punto el crecimiento de Nvidia descansa ahora sobre los hyperscalers occidentales y sus planes de expansión. Y esos planes, a juzgar por los últimos movimientos, se ejecutan a una velocidad inusitada. La plataforma Vera Rubin ya está en plena fase de producción, con racks operativos en CoreWeave, Google Cloud, Microsoft Azure, Oracle Cloud Infrastructure y Nebius. El círculo de grandes proveedores de nube que ha incorporado la nueva generación de hardware es amplio y se ha movido con celeridad para llevarla a producción.
La ofensiva no se detiene ahí. Nvidia y Amazon Web Services han anunciado el despliegue de dos millones de unidades gráficas adicionales, junto con infraestructura complementaria para aplicaciones de IA agéntica y física. A finales de agosto, además, la compañía profundizó su alianza con MediaTek en el terreno del cómputo edge-to-cloud, un movimiento que busca integrar la capacidad de procesamiento entre los dispositivos finales y la nube, consolidando así una estrategia que trasciende el negocio tradicional de centros de datos.
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El dividendo que no compite con la ambición
En medio de semejante despliegue, la retribución al accionista podría parecer un detalle menor. No lo es. El consejo de administración ha aprobado un dividendo trimestral de 0,25 dólares por acción, que se abonará el 1 de octubre a los accionistas inscritos en el registro el 10 de septiembre. Un gesto de disciplina financiera que convive sin fricciones con la voracidad inversora.
Tampoco la vertiente tecnológica permanece estática. El 3 de septiembre debutó DLSS 5 con su denominado 3D-Guided Neural Rendering, estrenado en el videojuego NBA 2K27 y disponible para las tarjetas GeForce RTX 50, sus portátiles asociados y el servicio de streaming GeForce NOW. Puede parecer una nota al pie junto a acuerdos multimillonarios, pero constituye un recordatorio de que la base tecnológica sobre la que se asienta todo el ecosistema de capital sigue evolucionando sin que el negocio principal pierda comba.
El mercado ya descuenta el nuevo rol
La cotización refleja esta transformación con una frialdad que contrasta con el ruido de los grandes anuncios. El viernes, la acción cerró en 198,56 euros, un 1,1% más que en la sesión precedente. En los últimos siete días hábiles, la revalorización acumulada alcanza el 5,7%, y desde el inicio del año, el avance es del 24%. El título se sitúa así apenas un 1,9% por debajo de su máximo de 52 semanas, los 202,50 euros alcanzados el 14 de mayo. La distancia respecto a la media móvil de 200 días es del 17%, un dato que ilustra la aceleración del tendencia de fondo desde que los acuerdos de movilización de capital y expansión de infraestructura se hicieron públicos.
Los analistas, mientras tanto, ajustan sus miras. El 4 de septiembre, Needham & Company reiteró su recomendación de compra y fijó un precio objetivo de 300 dólares. Una valoración individual no marca una tendencia, pero encaja con la percepción de que el margen de revalorización de Nvidia ya no depende exclusivamente de la venta de chips, sino de su capacidad para orquestar cadenas enteras de inversión.
La pregunta que sobrevuela el mercado, en cualquier caso, ha cambiado de naturaleza. Ya no se trata de cuántas GPU venderá Nvidia en los próximos trimestres, sino de si una compañía que simultáneamente fabrica hardware, arrienda centros de datos, cierra adquisiciones y coordina flujos de capital con las mayores gestoras del mundo puede sostener semejante complejidad sin descuidar ninguna de sus piezas. Con una capitalización bursátil equivalente a unos 4,75 billones de euros, la bolsa ha decidido, por ahora, confiar en que sí. La incógnita es si esa confianza se verá refrendada por una demanda duradera de su tecnología o si el ambicioso papel de financiador global terminará por desbordar a quien hasta ahora ha dominado cada tablero en el que ha decidido sentarse.
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