El mercado del oro presenta en estas semanas un curioso contraste: mientras los inversores institucionales canalizan capital hacia el metal a través de fondos cotizados a un ritmo no visto en casi un año, los bancos centrales han reducido drásticamente su cadencia de compras. Dos fuerzas que se mueven en direcciones opuestas y que dibujan un escenario más complejo del que sugiere la lectura superficial de los precios.

El pulso de la demanda oficial se enfría
Los datos del World Gold Council correspondientes a julio reflejan una desaceleración notable: las autoridades monetarias globales apenas sumaron 23 toneladas netas durante el mes, muy lejos del ritmo exhibido en el segundo trimestre, cuando acumularon 288,9 toneladas —la cifra más alta jamás registrada para un periodo abril-junio en la serie histórica del organismo.
La revisión de las estadísticas ha añadido, además, un elemento de cautela. El primer trimestre, que inicialmente se había cifrado en 244 toneladas, quedó finalmente en unas modestas 57 toneladas tras un ajuste a la baja de aproximadamente tres cuartas partes. El resultado: un semestre completo de unos 345 toneladas, un 20% menos que en el mismo periodo del ejercicio anterior, y unas compras acumuladas desde enero que rondan las 130 toneladas.
El comportamiento de los principales actores mantiene el guion conocido. China incrementó sus reservas en 20 toneladas durante julio y Polonia añadió otras 8, mientras Rusia volvió a figurar en el lado vendedor con una reducción de 6 toneladas. El patrón del trimestre precedente —con Usbekistán y Kazajistán también en compras y Turquía recortando posiciones— se repite, aunque con volúmenes considerablemente menores.
La Deutsche Bank había estimado la demanda oficial del segundo trimestre en unos 45.000 millones de dólares, subrayando la fortaleza estructural de estos compradores. El frenazo de julio matiza ahora esa fotografía y plantea un interrogante: ¿fue un paréntesis puntual o el inicio de una fase más contenida? La sustancial corrección de los datos del primer trimestre invita a la prudencia, pues sugiere que las cifras preliminares del WGC pueden ser poco fiables y que las tendencias sólidas solo se aprecian con perspectiva plurianual.
El contrapeso institucional
Frente a esa moderación oficial, el flujo hacia los productos cotizados ofrece un contrapunto llamativo. Según informó Reuters citando al propio World Gold Council, los fondos cotizados respaldados físicamente registraron en una sola semana de la segunda quincena de agosto entradas netas de 46,7 toneladas, equivalentes a 6.400 millones de dólares. Era la mayor afluencia semanal en diez meses.
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Ese movimiento coincidió con una fase en la que el metal llegó a negociarse en máximos de más de tres meses. Reuters atribuyó entonces el avance a un dólar más débil, a compras de carácter técnico y a los estímulos derivados del programa de recompra de deuda del Tesoro estadounidense. Que los inversores institucionales aprovecharan ese entorno para incrementar posiciones sugiere un interés que trasciende la volatilidad cotidiana.
Precio: resistencia a corto, consolidación a medio
El precio al contado cerró el viernes en 4.430,09 dólares por onza, con un retroceso del 1,0% en la jornada pero todavía un avance del 4,3% en el plazo de treinta días. Esa resistencia a la corrección, pese al menor empuje oficial, invita a pensar que la demanda privada y de gestión de activos está ejerciendo actualmente más influencia sobre la formación del precio que las reservas estatales.
La fotografía técnica muestra, no obstante, matices. El metal cotiza un 4,4% por encima de su media de 50 sesiones, pero permanece un 2,2% por debajo de la media de 200 días, situada en 4.530,34 dólares. El índice de fuerza relativa, en 52,3, refleja un equilibrio sin señales claras de sobrecompra ni sobreventa. Y la distancia respecto al máximo de 52 semanas —5.598,58 dólares alcanzados a finales de enero— sigue siendo considerable, en torno al 21%, lo que pone en perspectiva la consolidación posterior a las subidas récord del año.
A lo largo de septiembre, el mercado ha experimentado vaivenes ligados al binomio rendimientos-dólar. El metal llegó a ceder un 2,69% hasta mínimos de dos semanas cuando las rentabilidades de la deuda estadounidense repuntaron y el billete verde se fortaleció, para recuperarse después al relajarse los tipos y ganar terreno el yen. Más recientemente, volvió a ceder hasta un mínimo de más de tres semanas, con la fortaleza del dólar y las preocupaciones inflacionistas vinculadas a las tensiones entre Estados Unidos e Irán como factores de presión.
El frente de la oferta
En paralelo, la vertiente productiva incorpora un elemento regulatorio de posible calado. La autoridad estatal ghanesa GoldBod ha restringido de manera efectiva la exportación de oro doré sin procesar por parte de los mineros de financiación propia. Desde el 1 de septiembre, esos volúmenes deben refinarse localmente antes de salir del país.
Ghana figura entre los productores africanos más relevantes, de modo que este tipo de restricciones podría alterar los flujos de suministro hacia las refinerías internacionales. Un factor que, sin mover el precio a corto plazo, podría influir en la estructura del mercado a medio plazo.
Con una volatilidad anualizada del 26% en el horizonte de 30 días, los movimientos bruscos en ambas direcciones parecen destinados a persistir. La combinación de un soporte estructural —instituciones acumulando vía ETF y posibles tensiones de oferta— con los vaivenes macroeconómicos de corto plazo dibuja un panorama en el que el oro seguirá oscilando entre el refugio y la corrección.
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