La paradoja de Nvidia en este arranque de temporada de resultados admite pocas lecturas intermedias: la compañía ha presentado unas cifras que pulverizan cualquier precedente histórico, y aun así la cotización reaccionó con un retroceso superior al 4,5% tras la publicación. La explicación no reside en los fundamentales, sino en un mercado que ha dejado de tratar al fabricante de chips como una acción de crecimiento convencional para convertirlo en un termómetro de toda la ola inversora en inteligencia artificial.

Un trimestre que reescribe los manuales
Los ingresos del segundo trimestre del ejercicio fiscal 2027 alcanzaron los 96.220 millones de dólares, un 106% más que en el mismo periodo del año anterior. La división de centros de datos, el verdadero motor del grupo, aportó 89.000 millones, un 117% de incremento, y ya representa aproximadamente el 92% de la facturación total del conglomerado.
El beneficio por acción se situó en 2,22 dólares, superando con holgura los 2,09 dólares que anticipaba el consenso. Para el tercer trimestre, la compañía ha fijado una previsión de ingresos de unos 108.000 millones de dólares, excluyendo el negocio en China, un rango que se sitúa entre los 105.840 y los 110.160 millones y que deja la puerta abierta a un crecimiento de hasta el 93%. Los analistas esperaban una cifra más conservadora.
La directora financiera, Colette Kress, ha ido un paso más allá al anticipar un crecimiento de en torno al 70% para el próximo ejercicio, cuando el consenso del mercado manejaba hasta ahora una cifra cercana al 45%. Esa confianza tiene respaldo tangible: según diversas informaciones, Amazon habría duplicado su pedido de GPUs de Nvidia para sus propios centros de datos, pasando de un millón a dos millones de unidades.
El coste de crecer tan deprisa
Todo avance tiene su peaje. La bruttomarge, que en el segundo trimestre se situaba en el 75%, descenderá previsiblemente hasta el entorno del 71-72% en el cuarto trimestre. El encarecimiento de los componentes de memoria presiona los márgenes, un factor que los inversores no deberían pasar por alto, aunque no cuestione la narrativa de crecimiento.
A ese cóctel se suman vientos externos que nada tienen que ver con la gestión de la compañía. Las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos e Irán elevaron el precio del petróleo y castigaron con dureza las bolsas asiáticas: el Kospi cedió un 3,5% y el Nikkei superó el 2% de caída. En paralelo, el presidente de la Reserva Federal, Warsh, adoptó en Jackson Hole un tono restrictivo que enfrió las expectativas de recortes de tipos, un escenario incómodo para valores de crecimiento sensibles a la rentabilidad exigida.
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A ello se añade la información, publicada por WSJ y Reuters, de que Nvidia habría pausado parcialmente su programa de financiación de proyectos de IA. Una noticia que sembró dudas sobre la sostenibilidad del ciclo inversor, aunque conviene contextualizarla: la compañía acumula compromisos de suministro por valor de 279.000 millones de dólares y acaba de respaldar con una garantía de 105.000 millones el centro de datos que OpenAI construye en Ohio. La profundidad de su cartera de pedidos difícilmente admite lecturas catastrofistas.
La estrategia expansiva como señal de fortaleza
Lejos de replegarse, Nvidia redobla su apuesta por ensanchar su ecosistema. La compañía mantiene conversaciones para adquirir Hugging Face por 12.900 millones de dólares, la plataforma de referencia para el desarrollo de modelos de IA de código abierto, con más de 13 millones de desarrolladores registrados. La operación, que DA Davidson interpreta como un movimiento defensivo para blindar el ecosistema open source, está todavía en fase de negociación y carece de confirmación oficial por parte de ambas empresas. De hecho, una oferta previa de Nvidia habría sido rechazada a finales de 2025.
En paralelo, la inversión de 3.500 millones de dólares en bonos convertibles de MediaTek —dentro de una emisión total de 3.900 millones en la que también participa Alphabet— refuerza una alianza estratégica de calado: el fabricante taiwanés utilizará la tecnología NVLink Fusion de Nvidia en sus propios chips de IA. Un movimiento que hunde aún más la tecnología de la compañía estadounidense en el tejido de la industria semiconductora.
Para quienes interpretan estas decisiones como un síntoma de debilidad, conviene recordar que una empresa que moviliza cifras de doble dígito en adquisiciones y participaciones estratégicas en plena corrección bursátil transmite convicción sobre su propio futuro, no incertidumbre.
El precio: una lectura de calma
La cotización, con un cierre reciente de 190,04 euros, se sitúa aproximadamente un 6% por debajo de su máximo de 52 semanas, los 202,50 euros alcanzados en mayo. Sin embargo, mantiene un 13% de distancia positiva sobre su media móvil de 200 días, lo que confirma la intacta tendencia alcista de medio plazo. En términos más amplios, la acción acumula una subida del 35% desde su mínimo anual y un avance del 28% en los últimos doce meses.
El respaldo de los analistas se mantiene mayoritariamente positivo. Phillip Securities elevó recientemente su precio objetivo hasta los 300 dólares, mientras que el consenso del mercado se sitúa en torno a los 323 dólares, con casas como Raymond James manejando valoraciones sensiblemente más elevadas.
La conclusión que emerge de esta amalgama de datos es que la volatilidad reciente responde más a un entorno macroeconómico tenso y a una exigencia de perfección por parte del mercado que a un deterioro real del negocio. Nvidia combina resultados récord, una cartera de pedidos sin precedentes y una estrategia de expansión agresiva. La pregunta que queda sobre la mesa no es si la compañía sigue siendo el gran beneficiario de la infraestructura de IA, sino si el mercado será capaz de separar el ruido diario de la solidez estructural que sostiene su valoración.
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