La onza troy cotiza en una encrucijada. Mientras el metal precioso digiere las últimas señales de la Reserva Federal, que apuntan a un mantenimiento de los tipos en el corto plazo, los bancos centrales —con China a la cabeza— redoblan su apuesta por el lingote como activo refugio. El resultado es un pulso entre la presión macroeconómica y una demanda institucional que no da tregua.

Pekín extiende su racha compradora
La People's Bank of China sumó en agosto 650.000 onzas troy adicionales a sus arcas, elevando sus reservas hasta los 76,73 millones de onzas, equivalentes a unas 2.386,57 toneladas. Con esta operación, la entidad encadena 22 meses consecutivos de adquisiciones, una secuencia que evidencia la determinación de Pekín por diversificar sus activos de reserva frente al dólar.
El movimiento chino no es un caso aislado. Según los datos del World Gold Council, el conjunto de bancos centrales a nivel global incrementó sus tenencias netas en julio en 23 toneladas. De esa cifra, China aportó 20 toneladas, mientras que Polonia sumó 8 y la República Checa, 2. Kasajistán, Malasia y Bolivia completaron la estadística con una tonelada cada uno.
Pero el dato más revelador corresponde al segundo trimestre: los institutos emisores acumularon compras netas por 288,9 toneladas, un récord histórico para ese periodo y un avance del 62,4% respecto al año anterior. En ese lapso, Polonia emergió como el mayor comprador individual con 51 toneladas, superando a China, que incorporó 33 toneladas adicionales.
Un apetito que se anticipa duradero
La encuesta más reciente del World Gold Council, realizada entre 74 bancos centrales, refuerza la tesis de que esta tendencia tiene recorrido: un 45% de las instituciones consultadas manifiesta su intención de ampliar sus reservas áureas en los próximos doce meses, el porcentaje más elevado desde 2018.
El interés no se circunscribe al ámbito oficial. Los productos cotizados respaldados físicamente también captan flujos: SPDR Gold Shares, el mayor ETF del mundo con respaldo en oro, custodiaba al 2 de septiembre aproximadamente 1.057 toneladas, tras sumar 11,13 toneladas en una semana. Es el séptimo avance semanal consecutivo de sus tenencias.
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La geopolítica reconfigura los mapas del metal
Paralelamente al incremento de volúmenes, la ubicación física del oro cobra protagonismo. El Banco de los Países Bajos trasladó entre marzo y agosto cerca de 86 toneladas desde Nueva York y Ottawa hasta Londres, una operación que la entidad justifica por la creciente incertidumbre geopolítica y la necesidad de reforzar su capacidad de respuesta ante eventuales crisis.
Ese movimiento subraya cómo los custodios oficiales conciben el metal como un instrumento estratégico de protección, al margen de las fluctuaciones cotidianas de su precio. El repunte de la tensión en Oriente Próximo, con ataques a buques vinculados a Estados Unidos e Irán durante el fin de semana, ha elevado el crudo a máximos de tres meses y aviva los temores inflacionistas, un cóctel que tradicionalmente beneficia al oro como cobertura.
El contrapeso de la Fed
El frente monetario, sin embargo, ejerce una presión considerable. Las declaraciones de un gobernador de la Reserva Federal el pasado viernes, anticipando que los tipos permanecerán sin cambios, provocaron un retroceso del precio que se cifra en torno al 0,6% en el caso del dato más reciente. Las cifras de empleo estadounidense tampoco ayudan: las nóminas no agrícolas de agosto sumaron 162.000 puestos, muy por encima de las 56.000 esperadas, lo que ha elevado al 60% la probabilidad de una subida de tipos en la reunión de septiembre, según el indicador CME FedWatch.
Ese escenario resta atractivo a un activo que no devenga intereses. La ampliación del programa de recompra de deuda pública estadounidense anunciada hace un par de semanas tampoco ha logrado revertir la dinámica bajista: desde entonces, el oro acumula una caída del 5,3%.
Consolidación tras el desplome desde máximos
El metal cotiza actualmente en torno a los 4.404,15 dólares la onza, prácticamente estable en la última sesión, aunque con ligeras variaciones según la fuente consultada. En términos técnicos, el precio se sitúa un 3,3% por encima de su media móvil de 50 días (4.255,16 dólares), pero un 2,9% por debajo de la de 200 días (4.524,29 dólares), lo que dibuja un panorama de consolidación.
Ese movimiento se produce después del desplome desde el máximo histórico de 5.598,58 dólares alcanzado a finales de enero, del que el precio se separa ya por más de un 20%. A pesar de ese correctivo, la rentabilidad a doce meses sigue siendo notablemente positiva, con una revalorización del 21% que evidencia la fortaleza de la demanda estructural frente a los vientos en contra coyunturales.
Los inversores aguardan ahora los datos de inflación que se publicarán esta semana —los índices de precios industriales y de consumo—, que ofrecerán pistas sobre la trayectoria monetaria de la Fed. La decisión de tipos de la próxima semana se antoja decisiva para determinar si el oro logra reconciliar su sólida base de demanda institucional con un entorno de coste de oportunidad creciente.
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