La industria occidental del wolframio vive un momento de efervescencia y, como suele ocurrir cuando un sector estratégico despierta el apetito de los inversores, las casas de análisis no tardan en mostrar sus cartas. Almonty Industries ha sido el epicentro de ese debate esta semana, con dos valoraciones de signo opuesto que han sacudido su cotización y han puesto sobre la mesa una pregunta de fondo: ¿cuánto vale realmente una compañía que aspira a romper la dependencia de China en un metal crítico?

La respuesta, por ahora, dista mucho de ser unánime. Stifel inauguró la cobertura del valor con una recomendación de compra y un precio objetivo de 25 dólares, un espaldarazo que, según informó Reuters, impulsó las ganancias del título ya en la sesión previa a la apertura. El viernes, la acción cerró con un avance del 11% hasta los 12,09 euros. En lo que va de año, el valor acumula una revalorización del 52%.
El contrapunto llegó apenas un día antes. Goldman Sachs había iniciado su propia cobertura el jueves con una postura mucho más tibia: calificación "neutral" y un objetivo de 13 dólares. La brecha entre ambas cifras —prácticamente el doble— retrata dos formas de leer el mismo relato. Los más optimistas ponen el acento en el creciente peso de las cadenas de suministro alternativas para los metales estratégicos; los prudentes prefieren no perder de vista los riesgos inherentes a la puesta en marcha de cualquier operación minera.
Los cimientos operativos del relato
Detrás de las discrepancias analíticas hay, sin embargo, avances concretos que ninguna de las dos casas discute. Hace algo más de una semana, Almonty dio el pistoletazo de salida a la producción comercial de wolframio en su mina surcoreana de Sangdong, un hito que llegó acompañado de las autorizaciones definitivas de explotación para las plantas de procesamiento. Desde entonces, el curso bursátil ha cedido un 1,7%, un retroceso menor que, en cualquier caso, no empaña la relevancia industrial del proyecto.
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La compañía ha querido blindar ese arranque con contratos de largo recorrido: más del 90% del volumen correspondiente a la Fase I está comprometido mediante acuerdos de suministro que se extienden a lo largo de 21 años desde la primera entrega. Esa visibilidad sobre los ingresos futuros constituye, precisamente, uno de los argumentos que esgrimen los partidarios de una valoración más generosa.
España como fuente de flujo de caja
A la puesta en marcha asiática se suma otro frente que refuerza la posición financiera del grupo. El pasado 17 de septiembre, Almonty suscribió un contrato plurianual de compraventa —bajo la modalidad take-or-pay— con Wolfram Bergbau und Hütten AG, filial del grupo Sandvik. El acuerdo contempla el reprocesamiento de material de escombrera procedente de la mina española de Los Santos y abarca un mínimo de aproximadamente 1.720 toneladas de trióxido de wolframio contenido.
La operación incluye, además, un pago único condicionado de 3,0 millones de dólares vinculado a la transferencia de los derechos de compra. Se trata, en esencia, de convertir reservas ya existentes en la península en una corriente de ingresos predecible, lo que permite a la empresa diversificar sus fuentes de facturación sin necesidad de acometer nuevas inversiones extractivas.
Diversificación geográfica con acento africano
El tercer pilar de la estrategia apunta a ampliar la huella internacional del grupo. En el marco de un acuerdo vinculante, Almonty controla el 75% de Almonty Rwanda, mientras que el Gobierno ruandés se ha reservado el 25% restante como contraprestación por la aportación de la concesión de exploración de Shyorongi y de una licencia de procesamiento de minerales. La operación consolida la presencia del grupo en el continente africano y completa un mapa de suministro que abarca Asia, Europa y África.
Con ese entramado sobre la mesa, la distancia entre los 13 dólares que proyecta Goldman Sachs y los 25 que baraja Stifel deja de ser una simple anécdota y se convierte en el termómetro de una industria en plena reconfiguración. Los contratos de suministro a largo plazo amortiguan las oscilaciones del mercado y otorgan cierta previsibilidad a los ingresos, pero el grado de optimismo que merece esa combinación sigue siendo, a día de hoy, materia de debate en Wall Street.
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