La acción de SpaceX cerró la semana con un avance del 7,2% hasta los 141,20 euros, impulsada por una combinación de factores macroeconómicos y operativos. El apetito por riesgo regresó a Wall Street al calor de unos datos de empleo más débiles de lo esperado y de un descenso en las expectativas de tipos de interés, un viento de cola que, según Reuters, benefició al conjunto del mercado. Sobre ese telón de fondo, la compañía aeroespacial encadenó una serie de hitos que reafirmaron su papel como infraestructura crítica de la economía moderna.

El respaldo institucional quedó patente con el nuevo movimiento de la NASA, que amplió en 946 millones de dólares su contrato para misiones tripuladas. La operación eleva el volumen total del programa hasta los 17 vuelos. Apenas unos días después, el 5 de octubre, está previsto un nuevo lanzamiento desde la base de Vandenberg para la Space Development Agency, lo que consolida la colaboración con el ámbito de la defensa como una de las patas más estables del negocio.
Tres misiones en menos de 13 horas
La capacidad operativa del grupo volvió a quedar en evidencia con una secuencia de tres vuelos completados en menos de 13 horas. En ese intervalo, SpaceX transportó a cuatro astronautas hacia la Estación Espacial Internacional, puso en órbita el satélite de reconocimiento NROL-97 y, en el marco de su misión Transporter, desplegó numerosas cargas útiles, entre ellas 130 unidades en un solo lanzamiento colectivo. A bordo viajaba también el prototipo de un satélite destinado al proyecto de investigación Suncatcher de Google, una iniciativa que apunta a una tendencia incipiente: el cómputo con inteligencia artificial en el espacio.
Ese giro hacia la órbita como extensión de los centros de datos cobra relevancia en un momento en que los grandes tecnológicos lidian en tierra con la escasez de redes eléctricas y capacidad de refrigeración. Sin sistemas de transporte fiables, muchos de esos proyectos futuristas se quedarían en el papel, y ahí SpaceX ocupa una posición difícil de replicar.
El Starship toca el cielo, pero no sin sobresaltos
No todo fueron buenas noticias. El 28 de septiembre, el sistema Starship alcanzó el orbitó por primera vez y liberó 26 satélites, aunque la misión terminó antes de lo previsto por un problema en un motor. Al amerizar, la nave volcó y se incendió. Son reveses que enfrían las expectativas a corto plazo, pero que responden a la lógica de desarrollo de cualquier nueva generación de cohetes. Lo que realmente sostiene las cuentas es la familia Falcon, que entre vuelo de prueba y vuelo de prueba sigue generando ingresos de forma sostenida.
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La combinación de esa rutina operativa con los contratos públicos y privados proporciona una base de caja predecible, un colchón financiero que permite asumir los elevados costes de desarrollo de los proyectos de futuro. Los fracasos espectaculares en los grandes programas no amenazan la rentabilidad del negocio principal; más bien reflejan la disposición a asumir riesgos calculados.
La sombra de AT&T sobre Starlink
Mientras tanto, en el frente competitivo, la estrategia de conexión móvil directa a través de la red Starlink recibió un varapalo. El consejero delegado de AT&T, John Stankey, calificó el 29 de septiembre de inviable el plan para ofrecer cobertura móvil directa desde satélites. Su escepticismo subraya las dificultades que enfrenta SpaceX para penetrar en un mercado dominado por operadores tradicionales, que defienden sus cuotas con recelo y observan con cautela las nuevas propuestas satelitales.
La conexión directa de teléfonos convencionales exige adaptaciones técnicas considerables y autorizaciones regulatorias complejas. Aun así, la posición en ese segmento se considera un pilar clave para el crecimiento futuro, y SpaceX continúa expandiendo su constelación mientras sortea esos obstáculos.
El Pentágono, por su parte, refuerza la posición de la compañía con un acuerdo que, según los medios, le otorga acceso exclusivo a datos precisos de vigilancia espacial, un activo estratégico que añade otra capa de valor institucional.
Pese al impulso reciente, el valor cotiza un 27% por debajo de su máximo de 52 semanas. La elevada cadencia del negocio existente y los escollos en los nuevos proyectos de telecomunicaciones definen, por ahora, el perfil de riesgo y oportunidad de un título que ya no se mueve en la órbita especulativa de las pioneras impredecibles, sino en la de una infraestructura orbital de escala gigantesca.
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