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SpaceX: el pulso lunar con Blue Origin y los 40.000 millones que condicionan su expansión en IA

La NASA ya no garantiza a SpaceX un billete automático a la superficie lunar. La agencia espacial estadounidense comunicó ayer que será la madurez operativa de los sistemas —Starship o Blue Moon, el módulo de Blue Origin— la que determine qué compañía transporta a la próxima tripulación hasta el satélite. El anuncio llega en un momento en el que la atención inversora sobre SpaceX se reparte entre dos frentes muy distintos: la carrera técnica por el regreso a la Luna y la compleja ingeniería financiera que sostiene su despliegue de inteligencia artificial.

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Índice de Contenidos
  1. Dos pruebas orbitales, ningún ganador designado
  2. El repostaje, la prueba de fuego
  3. El negocio espacial, en segundo plano
  4. Cuando crecer exige financiarse
  5. Una sociedad instrumental para proteger el rating
  6. La amortización como argumento

Dos pruebas orbitales, ningún ganador designado

El calendario fijado por la NASA contempla Artemis III para el verano de 2027. No habrá alunizaje: será una misión de aproximadamente dos semanas en la que la nave Orion se acoplará primero al módulo Blue Moon, y la tripulación podrá inspeccionar su cabina y sus sistemas de soporte vital. Con Starship, en cambio, el acoplamiento se limitará a un máximo de dos horas y los astronautas no entrarán en el vehículo de SpaceX. Ambos proveedores quedan examinados, pero bajo protocolos que no son equivalentes.

Ese acoplamiento, por sí solo, no asegura a ninguna de las dos empresas el contrato de descenso tripulado. La agencia exige además demostraciones no tripuladas y la correspondiente certificación, y mantiene su elección explícitamente abierta. Para los inversores, la consecuencia es directa: los avances de Starship conservan relevancia, aunque no pueden equipararse sin más a un rol asegurado en el próximo alunizaje. Artemis IV, prevista para 2028, sería la misión que sí alcanzaría la superficie lunar.

El repostaje, la prueba de fuego

Queda pendiente un hito determinante. La NASA tiene programada para el primer trimestre de 2027 una demostración de transferencia de combustible, un requisito especialmente crítico para el concepto Starship, ya que la misión lunar exige vuelos adicionales de repostaje. El número de lanzamientos necesarios sigue siendo objeto de disputa: Elon Musk habla de entre seis y ocho, mientras que un panel de seguridad de la NASA eleva la estimación hasta unos 22. La propia agencia no se ha comprometido con ninguna cifra.

Esa horquilla tan amplia retrata la incertidumbre operativa que rodea al programa. Por eso, a la hora de valorar el negocio lunar, pesan más los resultados de las pruebas de repostaje y acoplamiento que los planes de vuelo anunciados. Solo esas validaciones reducen el riesgo técnico.

El negocio espacial, en segundo plano

El espacio no es hoy la principal fuente de ingresos de SpaceX. En el tercer trimestre de 2026, el segmento Space facturó 1.800 millones de dólares y registró unas pérdidas operativas de 7 millones. Son la computación de IA y el negocio de conectividad quienes marcan el ritmo de la compañía. La pugna por el módulo lunar importa, sobre todo, para el desarrollo futuro del área espacial, no como explicación del último salto en ventas.

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Ahí se dibuja una separación nítida para el inversor: la actividad corriente aporta la base económica, mientras que Starship está llamada a abrir nuevas vías técnicas y comerciales. La decisión de la NASA no elimina esa perspectiva, pero vincula el acceso al alunizaje tripulado a la capacidad demostrada —y a la comparación con Blue Origin.

Cuando crecer exige financiarse

El otro gran frente es el precio del capital. Según Bloomberg, las negociaciones para una financiación ajena de unos 40.000 millones de dólares están bajo presión por el encarecimiento del crédito. El dato importa porque el crecimiento de SpaceX ya consume caja a un ritmo notable: en el tercer trimestre de 2026, los ingresos se dispararon un 161% hasta 14.600 millones de dólares, con un beneficio neto de 4.400 millones. Un resultado sólido, aunque responde a una pregunta distinta de la que plantea financiar nuevos centros de datos.

Las cifras de inversión lo evidencian. En ese mismo trimestre, SpaceX destinó 19.600 millones de dólares a inversiones, de los cuales 16.400 millones fueron a parar a la IA. Para el trimestre en curso, el director financiero Bret Johnsen anticipó desembolsos de entre 35.000 y 40.000 millones. El capital necesario no es un tema de futuro: forma parte ya del modelo de negocio. Musk sostiene que son la energía, la refrigeración y la infraestructura —más que la disponibilidad de chips— lo que limita la expansión.

Una sociedad instrumental para proteger el rating

Aquí entra en juego la estructura ideada. Bloomberg señala que una sociedad instrumental financiaría chips de Nvidia y otra infraestructura de IA, con el objetivo de mantener esa deuda fuera del balance de SpaceX y preservar su calificación de grado de inversión. Goldman Sachs negocia con inversores, entre ellos Apollo Global Management; condiciones y fecha de cierre siguen abiertas.

No es un detalle menor de contabilidad. La construcción busca habilitar la inversión sin deteriorar la calidad crediticia, aunque no resuelve por sí sola el conflicto entre las ambiciones de crecimiento y la rentabilidad que exigen los prestamistas cuando la volatilidad del mercado complica la negociación. Un precedente ilustra hasta qué punto puede ser delicada esa separación contable: según informaciones de prensa, un intento de financiación fuera de balance en xAI acabó con SpaceX registrando unos 13.000 millones de dólares como deuda propia. De ahí se desprende un criterio de análisis claro: no basta con saber dónde aparece inicialmente una obligación, sino si el tratamiento pretendido se sostiene en la práctica. Proteger el rating es un objetivo de la operación, no un resultado garantizado.

La amortización como argumento

Para justificar el despliegue, SpaceX tiene una historia operativa que contar. El negocio de IA facturó 7.600 millones de dólares en el tercer trimestre de 2026, por encima de los 6.300 millones que esperaban los analistas y por delante de los 5.200 millones de Starlink. Johnsen añadió que, con los precios actuales, la nueva capacidad de cómputo se amortiza en menos de un año. Es el argumento económico de la expansión, con una salvedad relevante: vale para los precios vigentes y no constituye una garantía para los rendimientos de todas las instalaciones futuras.

El núcleo de la tesis, por tanto, no está en demostrar que la IA genera ingresos —eso ya ocurre—, sino en probar que el enorme despliegue se sostiene incluso con condiciones de financiación más exigentes. Unos buenos resultados trimestrales ayudan, pero no sustituyen unas condiciones de crédito firmes ni unas inversiones rentables a largo plazo. El precio del crecimiento merece tanto peso en la valoración como su propia velocidad.

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Miguel Ángel Torres Díaz

Sobre el autor

Miguel Ángel Torres Díaz

Periodista de tecnología especializado en videojuegos, realidad virtual y tendencias de consumo digital. Más de 10 años cubriendo la industria tecnológica española.

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