El respaldo de Elon Musk a Nvidia no admite matices. El fundador de SpaceX anunció que su compañía empleará exclusivamente procesadores gráficos del fabricante para toda su infraestructura de inteligencia artificial, con especial mención a la arquitectura Vera Rubin, a la que calificó como la mejor tecnología disponible tanto para centros de datos terrestres como para los satélites Starmind AI-1, que llevarán capacidad de cómputo a la órbita. El gesto, poco habitual en un ejecutivo que rara vez elogia a terceros, subraya hasta qué punto Nvidia se ha incrustado en la columna vertebral de la economía de la IA.

De proveedor de chips a arquitecto de ecosistemas
La declaración de Musk no llega aislada. El martes, Nvidia presentó el conmutador de red Spectrum-6, diseñado para mantener una eficiencia del 95% en clústeres con más de 100.000 GPU, un componente clave para la próxima generación de fábricas de IA. A finales de julio, el grupo selló una alianza estratégica con Safe Superintelligence Inc., la empresa fundada por Ilya Sutskever, exdirector científico de OpenAI, que contempla multiplicar por diez su capacidad de cómputo en un año. Nvidia ha confirmado además una "inversión sustancial" en el laboratorio de Sutskever para asegurarse acceso preferente a futuros sistemas de IA "superinteligente".
La lista de acuerdos se extiende a Corea del Sur, donde Nvidia ha ampliado su colaboración con SK Group para el desarrollo de "fábricas de IA" y nuevas soluciones de memoria HBM, ha firmado convenios separados con NAVER y Brookfield para infraestructura nacional de IA en Asia y Norteamérica, y ha puesto en marcha un laboratorio conjunto de investigación en semiconductores con el KAIST. El patrón es evidente: la compañía ya no se limita a vender chips, sino que diseña, financia y articula proyectos completos de infraestructura, desde gobiernos hasta el espacio.
La otra cara: financiación circular e insiders
Esa nueva condición de financiador es precisamente lo que más recelos despierta. Nvidia contaba con reservas de efectivo de 80.500 millones de dólares a abril de 2026, y según informaciones periodísticas, parte de ese dinero se está utilizando para actuar como garante financiero de grandes proyectos de centros de datos. El punto más controvertido: una supuesta garantía de deuda de 250.000 millones de dólares vinculada a la infraestructura de OpenAI, una operación que el inversor Michael Burry puso sobre la mesa y que ha abierto el debate sobre una posible "financiación circular". Ni Nvidia ni OpenAI han confirmado la existencia de ese aval, pero el mero hecho de que se discuta refleja hasta qué punto el destino del fabricante está ligado al éxito de sus principales clientes.
Tampoco ayuda el comportamiento de los directivos. En los últimos tres meses, los insiders han vendido acciones por valor de aproximadamente 410,6 millones de dólares, sin una sola compra en el mercado abierto. Si se amplía la ventana a los doce meses hasta finales de julio, la cifra supera los 1.800 millones de dólares. No es necesariamente una señal de alarma —los ejecutivos diversifican patrimonio por múltiples razones—, pero contrasta con la narrativa de optimismo ilimitado que rodea al valor.
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El mercado, por ahora, mira hacia otro lado
La cotización, sin embargo, no parece inmutarse. La acción cerró en 189,78 euros, con una subida del 3,26%, y se sitúa un 6,28% por debajo de su máximo de 52 semanas de 202,50 euros. El avance se explica por la cascada de anuncios y por la expectativa ante los resultados del segundo trimestre fiscal, que se conocerán el 26 de agosto. La compañía ya ha adelantado unas ventas de 91.000 millones de dólares, con un margen de fluctuación de más o menos dos puntos porcentuales.
Las firmas de análisis mantienen la confianza. Bernstein, a través de Varun Govindaraj, reafirmó el 3 de agosto su precio objetivo de 315 dólares con recomendación de compra, mientras que Wells Fargo también mantiene su objetivo en 315 dólares con calificación "overweight". BofA Securities va más lejos: 350 dólares por acción, argumentando que el apoyo de Nvidia tanto a modelos abiertos como propietarios —incluidos los de OpenAI— maximiza su mercado direccionable.
En el plano institucional, Arrowstreet Capital aumentó su participación un 19,2% en el primer trimestre, con la compra de 5,1 millones de acciones adicionales, hasta alcanzar los 31,8 millones de títulos, valorados en unos 5.540 millones de dólares. Un voto de confianza que contrasta con la actividad vendedora de los insiders, pero que refleja la pugna entre dos lecturas del mismo fenómeno.
La prueba del 26 de agosto
La plataforma Vera Rubin entró en producción a gran escala a finales de julio, y las primeras GPU Rubin con 288 gigabytes de memoria HBM4 ya han sido entregadas a Google Cloud, Microsoft Azure y Meta. Esa transición de la promesa a la entrega física será el verdadero examen. Si las cifras del 26 de agosto confirman que la demanda se traduce en ingresos, la tesis alcista ganará enteros. Si, por el contrario, las dudas sobre el papel de Nvidia como avalista de sus propios clientes pesan más que los resultados, la corrección podría llegar antes de lo previsto.
Por ahora, la balanza se inclina del lado de los optimistas, pero con una advertencia: las ventas de los directivos y el debate sobre la financiación circular merecen seguimiento, no un simple pie de página.
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