La semana que Nvidia encara su cita trimestral más esperada llega cargada de una paradoja difícil de ignorar: el fabricante que ha convertido la inteligencia artificial en el motor de la economía tecnológica global se ve obligado a encarecer sus propios productos porque la demanda que él mismo ha generado ha desbordado la oferta de memoria. El boom, en definitiva, se está comiendo sus propios ingredientes.

Según informa Bloomberg, Nvidia ha comunicado a Microsoft, Google y Oracle que los sistemas de servidores de las gamas Grace Blackwell y Vera Rubin, cuyas entregas están previstas para principios de 2027, subirán de precio más de un 15%. El detonante no es otro que el encarecimiento desorbitado de los módulos de memoria, un fenómeno que la industria ya bautiza como "RAMageddon".
Los precios de contrato de la DRAM, de acuerdo con los analistas de TrendForce, experimentarán en el tercer trimestre un incremento de entre el 13% y el 18% respecto al trimestre anterior. El impacto es colosal: para un centro de datos de un gigavatio de potencia, el sobrecoste supera los 5.000 millones de dólares. Samsung, SK Hynix y Micron —los tres grandes fabricantes de memoria— no logran seguir el ritmo de una demanda que, según el consejero delegado de Micron, supera a la oferta en un 50%.
Precios al alza, pedidos intactos
La reacción bursátil de los últimos días podría interpretarse como un síntoma de debilidad. El valor acumula un descenso del 5,3% en siete sesiones y se sitúa un 9,1% por debajo de su máximo de 52 semanas. Pero hay otra lectura posible, quizá más reveladora: una compañía capaz de encarecer sus productos más de un 15% sin que sus principales clientes cancelen pedidos demuestra una capacidad de fijación de precios que pocas empresas del mundo pueden permitirse.
Microsoft, Google y Oracle tienen alternativas teóricas, pero han optado por aceptar las nuevas condiciones. La escasez de memoria golpea a toda la industria, no solo a Nvidia, y quien tiene el poder de trasladar los sobrecostes a sus clientes gana posiciones relativas frente a sus competidores. La subida de precios, en este sentido, no es una solución de emergencia, sino una demostración de fuerza.
Mientras tanto, la compañía no detiene su maquinaria tecnológica. En la conferencia Hot Chips, Nvidia anunció que el Groq 3 LPX, un acelerador de inferencia integrado en la plataforma Vera Rubin, ha alcanzado la madurez para producción en serie. El catálogo de productos se amplía justo cuando los precios suben, una combinación que refuerza la tesis de que la empresa no solo maneja la palanca del precio, sino que también cumple en el frente tecnológico.
El flanco financiero, la asignatura pendiente
No todo son luces. El punto que genera más recelo entre los inversores es el creciente compromiso financiero de Nvidia con la infraestructura que debe albergar sus propios chips. La compañía ha asumido garantías de valor residual de hasta 105.000 millones de dólares para los contratos de arrendamiento del campus tecnológico PORTS-Pike de SB Energy en Ohio, una instalación que proporcionará capacidad de computación para inteligencia artificial a una filial de OpenAI.
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A ello se suman las alianzas anunciadas a principios de agosto con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR, que pretenden movilizar más de 500.000 millones de dólares en capital de terceros para centros de datos de IA. El patrón es evidente: Nvidia se está convirtiendo en garante de la financiación de su propia demanda.
No es, en sí mismo, una señal de alarma, pero sí un elemento que los accionistas harían bien en vigilar. Cuando un fabricante de chips actúa como avalista de la infraestructura que debe acoger sus productos, la frontera entre demanda orgánica y demanda construida financieramente se difumina. Por ahora, los argumentos a favor de una demanda final real pesan más —la subida de precios de la memoria difícilmente habría prosperado en caso contrario—, pero la dependencia de estructuras financieras complejas es un riesgo que conviene no minimizar.
Una cita que promete emociones fuertes
El mercado tiene una cita marcada en el calendario: el miércoles, tras el cierre de Wall Street, Nvidia presentará los resultados de su segundo trimestre fiscal de 2027. El consenso de analistas espera unos ingresos de aproximadamente 92.000 millones de dólares, lo que supondría un avance cercano al 96% interanual, con un beneficio por acción de 2,09 dólares. Las previsiones para el negocio de centros de datos superan los 85.000 millones.
El mercado de opciones descuenta un movimiento potencial de alrededor del 6% en ambos sentidos, un reflejo de la tensión que rodea la cita pese a que la compañía ha superado las expectativas en trece trimestres consecutivos. Un dato invita a la prudencia: en las últimas cuatro publicaciones de resultados, la acción ha terminado cayendo a pesar de batir previsiones. Las expectativas elevadas constituyen, por sí mismas, un riesgo.
En el terreno técnico, el título cotiza en torno a los 184 euros, apenas un 1,8% por encima de su media de 50 días y un 9,1% por debajo del máximo anual de 202,50 euros. El RSI, en 43,7, refleja una acción que no está ni sobrecomprada ni sobrevendida: el mercado busca orientación sin decidirse.
Mientras tanto, los inversores institucionales parecen aprovechar la calma previa al evento para reforzar posiciones. Varios fondos han incrementado de forma notable sus participaciones en las últimas semanas. Y Nvidia continúa expandiéndose más allá de su negocio principal: ha tomado una participación minoritaria en Cloverleaf Infrastructure, ha entrado en una ronda de financiación de 250 millones de dólares para Starcloud y mantiene conversaciones con la startup surcoreana de chips Rebellions. La compañía se está construyendo opciones para la era posterior a la simple venta de GPU.
La pregunta que sobrevuela el sector es si la escasez de memoria constituye un problema de crecimiento pasajero en un mercado en plena ebullición o la primera grieta visible en un ciclo que hasta ahora no ha conocido límites. La respuesta no se conocerá únicamente el miércoles, pero la reacción del mercado a las cifras revelará hasta qué punto los inversores confían en la capacidad de Nvidia para gestionar sus propios cuellos de botella. La cuestión de fondo, en cualquier caso, no es si la demanda existe —eso parece fuera de duda—, sino si las estructuras financieras que la apuntalan son tan sólidas como el negocio que las sustenta.
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