Hay una imagen que resume mejor que cualquier gráfico el momento que atraviesa Nvidia: la del camarero que, en plena fiesta, ya está preparando la cuenta. La compañía acaba de presentar unas cifras históricas —96.220 millones de dólares de ingresos en su segundo trimestre fiscal de 2027, un 105,9% más que el año anterior— y, sin embargo, la acción cerró el viernes con un descenso del 4,1% en el mercado alemán, hasta los 187,78 euros. La reacción del mercado no es un capricho: es la expresión de un escepticismo creciente que convive, de forma paradójica, con el reconocimiento de una maquinaria comercial casi perfecta.

Los números que asombran y el detalle que incomoda
El consenso de los analistas esperaba 92.180 millones de dólares. Nvidia los superó con holgura, y el beneficio ajustado por acción de 2,22 dólares también dejó atrás las previsiones, que apuntaban a 2,09. El negocio de centros de datos, el corazón de la compañía, creció un 117% hasta los 89.000 millones, y la división ACIE —la que agrupa a clientes de inteligencia artificial distintos de los grandes hiperescaladores— avanzó un 138%, hasta los 40.300 millones. Esa diversificación es, probablemente, la noticia estructural más relevante del trimestre: Nvidia ya no depende en exclusiva del apetito de Microsoft, Google o Amazon, y eso reduce el riesgo de concentración que tantos críticos han señalado durante años.
Pero hay un dato que empaña la fotografía. El flujo de caja libre, que en el trimestre anterior representaba un margen del 59,5%, se ha desplomado hasta el 22,2%. No es un desastre, pero sí una señal de que algo está cambiando en la forma en que Nvidia genera valor. La compañía está invirtiendo con una agresividad inusitada: en capacidad de fabricación propia, en garantías de crédito de hasta 105.000 millones de dólares para su campus de Ohio, y en la financiación directa de laboratorios de IA que, después, compran sus chips. La propia directora financiera, Colette Kress, confirmó que alrededor de una cuarta parte del negocio previsto para 2026 procederá de clientes financiados por la propia Nvidia.
El círculo que puede convertirse en trampa
Ese modelo de financiación circular —Nvidia invierte en OpenAI, Anthropic y otras startups de IA, que a su vez gastan ese capital en hardware de Nvidia— funciona de maravilla mientras la demanda se mantenga. Pero si la primera grieta apareciera en la demanda, el mecanismo se convertiría en un lastre. El inversor Michael Burry, famoso por haber anticipado la crisis de las hipotecas subprime, ya ha mostrado su preocupación por esta dinámica. Y no está solo: las ventas de acciones por parte de directivos en 2026 superaron los 664 millones de dólares, de los cuales alrededor del 67% correspondieron al consejero Mark Stevens. Es cierto que Stevens aún conserva más de 31 millones de títulos, lo que relativiza la señal, pero el momento elegido para deshacer posiciones —justo antes y después de que se publicaran objetivos de precio muy ambiciosos— invita a la reflexión.
El mercado, mientras tanto, no termina de decidirse. La volatilidad a 30 días, anualizada, alcanza el 45%, y la acción ha oscilado con violencia: en la jornada de resultados llegó a subir con fuerza, añadiendo unos 442.000 millones de dólares de capitalización bursátil, para después girarse y cerrar a la baja. En el cómputo semanal, el título acumula una caída del 4,1% en Fráncfort, aunque se mantiene un 3,6% por encima de su media de 50 días y un 11% sobre la de 200. El 52 semanas se sitúa un 7,3% más arriba, en los 202,50 euros, mientras que el mínimo del año, marcado en septiembre de 2025, queda un 34% por debajo del precio actual. El RSI, en 52,2, no muestra ni sobrecompra ni sobreventa: un mercado que aún no sabe cómo ponderar señales contradictorias.
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La presión de los costes y el precio del futuro
Mientras los inversores digieren estas cifras, Nvidia ha tomado una decisión que condicionará los próximos ejercicios: subir los precios de sus servidores de IA de las generaciones Vera Rubin y Grace Blackwell para entregas a partir de 2027, con incrementos de entre el 15% y el 17%. El motivo no es la codicia, sino la necesidad. Los precios de la memoria DRAM para servidores se han disparado —hasta un 18% en el tercer trimestre respecto al anterior, después de un repunte del 80-90% en el primero— y la memoria ya supone alrededor de una cuarta parte del coste total de un servidor, mientras que la GPU ha pasado de representar el 80% a aproximadamente el 50%.
La nueva capacidad de fabricación de memoria no estará disponible, según las previsiones, hasta 2029 o 2030. Eso significa que Nvidia tiene ahora mismo un poder de fijación de precios considerable, pero también que clientes como Microsoft, Google, Oracle, Amazon o Meta podrían moderar su ritmo de inversión si el coste total de la infraestructura de IA crece demasiado rápido. Es un equilibrio delicado: la demanda real existe, y los competidores —AMD, con un negocio de centros de datos que Nvidia supera en más de trece veces, o Marvell— también registran cifras récord. Pero el margen de error se estrecha.
La ambición de Jensen Huang, además, no se detiene en los chips. La compra prevista de Hugging Face por unos 12.900 millones de dólares —cuando la plataforma apenas genera 150 millones de ingresos anuales, es decir, se pagaría 86 veces sus ventas— ilustra la dirección estratégica: controlar toda la infraestructura de IA, desde la plataforma de datos hasta el centro de cómputo. La valoración es, cuando menos, exigente, y algunos la consideran directamente arriesgada.
Una valoración que invita a la calma... relativa
Sorprendentemente, la valoración de Nvidia no resulta descabellada si se compara con su propia historia. El PER ronda 34,9 veces, muy por debajo de la media de los últimos diez años, que se sitúa en 61,5. Las firmas de análisis mantienen objetivos dispares: Raymond James apunta a 550 dólares, Goldman Sachs a 300, y el consenso de Barchart se sitúa en torno a 306 dólares. Esa horquilla tan amplia refleja, más que desacuerdo, una incapacidad compartida para extrapolar con fiabilidad un ritmo de crecimiento tan acelerado.
La conclusión, si es que puede haber una en un momento como este, es que Nvidia sigue siendo una máquina de generar resultados excepcionales, pero su historia de crecimiento descansa cada vez más sobre pilares que la propia compañía ha construido: financiación a clientes, inversiones en ecosistema y subidas de precios. La fiesta continúa, y los números lo confirman. Pero quienes miran con atención ya han visto cómo algunos de los invitados más veteranos empiezan a pedir la cuenta.
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