La frontera entre fabricante de semiconductores y entidad financiera se ha vuelto cada vez más difusa en Santa Clara. Nvidia no solo diseña los procesadores que alimentan la revolución de la inteligencia artificial: ahora también garantiza los alquileres de los centros de datos que compran sus chips e informa a sus grandes clientes de que la próxima generación de servidores será sensiblemente más cara.

La última decisión en este sentido llegó a finales de agosto, cuando el gigante tecnológico comunicó a sus principales compradores un incremento de más del 15% en las configuraciones de servidores de IA. La subida afecta a las plataformas Vera Rubin y Grace Blackwell, cuyos sistemas comenzarán a entregarse a principios de 2027. El motivo, según Bloomberg, no es otro que el fuerte encarecimiento de la memoria de alto ancho de banda y la DRAM para servidores, dos componentes que se han convertido en el cuello de botella de toda la cadena de suministro.
La decisión de trasladar el mayor coste de los componentes a los clientes, en lugar de absorberlo en el margen, tiene lecturas encontradas para el inversor. Por un lado, sostiene la facturación a corto plazo; por otro, plantea la duda de hasta qué punto la demanda resistirá cuando los precios suben.
Un entramado de alianzas valorado en medio billón
El ajuste de precios no se produce en el vacío. Durante las últimas semanas, Nvidia ha tejido una red de acuerdos que redefine su papel en el ecosistema. El 10 de agosto firmó cartas de intención con seis pesos pesados de las finanzas —Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR— para movilizar más de 500.000 millones de dólares destinados a infraestructura de IA. El propio Jensen Huang, consejero delegado de la compañía, llegó a apuntar en su cuenta de X que Nvidia podría respaldar hasta 125.000 millones de dólares de esa cifra, una cuarta parte del total.
Cuatro días después, Reuters informó de que Goldman Sachs ya conversaba con otros inversores para sumarse a ese vehículo de financiación. Lo que comenzó como una relación de suministro se ha convertido en un entramado en el que el fabricante de chips actúa como garante de la demanda que él mismo atiende.
Ohio, el laboratorio del nuevo modelo
El caso más ilustrativo de esta estrategia se encuentra en Pike County, Ohio, donde SB Energy —filial de SoftBank— desarrolla el campus tecnológico PORTS, un proyecto de centros de datos con una capacidad de ocho gigavatios. Una subsidiaria de OpenAI actuará como inquilino exclusivo de las instalaciones.
Las cifras de la operación han ido evolucionando a lo largo de las últimas semanas. Reuters informó el 14 de agosto de que Nvidia había recortado sus compromisos para el proyecto, de los 250.000 millones de dólares que se llegaron a barajar a menos de 120.000 millones en volumen de garantías. El 18 de agosto se concretó el alcance final: Nvidia otorgará a OpenAI una garantía de hasta 105.000 millones de dólares por el arrendamiento de la instalación y, además, invertirá 1.500 millones directamente en SB Energy. A cambio, el fabricante se convierte en proveedor exclusivo de chips del complejo.
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Días antes, el 15 de agosto, se había especulado con una inversión de hasta 3.000 millones en SB Energy, integrada en un paquete crediticio de unos 100.000 millones. Las cantidades han fluctuado, pero el patrón permanece: Nvidia asegura su cartera de pedidos cofinanciando la construcción de los propios centros que comprarán sus procesadores.
La compañía también ha puesto el pie en Cloverleaf Infrastructure, un desarrollador de centros de datos del que no se han revelado detalles económicos pero que empleará la plataforma DSX de Nvidia. Cada inversión refuerza un eslabón más de la cadena de valor.
El precio de la memoria aprieta
Mientras tanto, la estructura de costes del negocio se tensa. El aumento de más del 15% en los servidores responde a la escalada de los precios de los chips de memoria, un síntoma de que el auge de la IA presiona a toda la cadena de suministro, no solo a las fundiciones de Nvidia.
En este contexto, no todas las noticias han favorecido a la compañía. El 20 de agosto, Nvidia desmintió un reportaje de The Information que aseguraba que la empresa lanzaría antes de fin de año un procesador de lenguaje adaptado al mercado chino. El fabricante negó tener una unidad específica para China en su hoja de ruta y aseguró que no hay ventas actuales de LPU en ese país.
El mercado digiere los números
La cotización refleja cierta inquietud. El viernes, la acción cerró en 183,78 euros en el mercado alemán, un 1,1% menos en la sesión. En el cómputo semanal, el retroceso alcanza el 5,5%, aunque el valor acumula todavía una revalorización del 15% desde enero. El máximo de 52 semanas, fijado en 202,50 euros en mayo, queda ahora un 9,2% por encima del precio actual.
La debilidad reciente coincide con la digestión de los resultados trimestrales publicados el miércoles. La subida de precios de los futuros servidores se perfila como un factor determinante para la evolución de los márgenes en el ejercicio 2027, y los inversores observan con atención si el mercado absorberá el incremento sin frenar el ritmo de pedidos.
La gran incógnita que sobrevuela Nvidia es si una empresa puede ser simultáneamente proveedor y financiador de la misma demanda sin que ambas funciones acaben chocando. Por ahora, el mercado otorga el beneficio de la duda, pero la paciencia tiene un precio.
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