La semana que terminó dejó en evidencia una paradoja que define el momento de Nvidia: bastó un rumor sobre estructuras de financiación para que el sector de semiconductores perdiera más de un billón de dólares en capitalización bursátil, pero bastaron también unas cifras de gasto de los grandes de la nube para que la acción recuperara el pulso antes del cierre del viernes. El chip, en definitiva, ya no cotiza solo sus propios resultados: cotiza la salud de todo el ciclo inversor en inteligencia artificial.

El detonante fue una información según la cual Nvidia podría estar evaluando garantías financieras de hasta 250.000 millones de dólares para respaldar a OpenAI. La operación, que permitiría a la compañía de Sam Altman alquilar capacidad de cómputo para un proyecto de centro de datos en Estados Unidos, reavivó el temor a la llamada "financiación circular": ese esquema en el que el proveedor actúa a la vez como inversor de su propio cliente, difuminando la frontera entre demanda real y apalancamiento inducido.
La reacción del mercado fue contundente. AMD cedió más de un 5%, Micron se dejó más de un 2%, y SK Hynix sufrió un desplome superior al 7%. En el conjunto del sector, la sangría alcanzó una cifra difícil de asimilar: más de un billón de dólares de valor bursátil evaporado en cuestión de jornadas. Un rumor, una cifra, un billón. Así de frágil es hoy el equilibrio de esta industria.
El rescate llegó desde los balances de los hyperscalers
La tormenta, sin embargo, amainó con la misma rapidez con la que se desató. El jueves, los sólidos resultados de Microsoft devolvieron la confianza en el gasto en infraestructura de IA y empujaron a Nvidia casi un 3% al alza. El viernes fue el turno de Amazon: la compañía elevó su previsión de inversión para el año hasta los 220.000 millones de dólares, frente a los 200.000 millones anteriores, y su consejero delegado, Andy Jassy, fue explícito al señalar que la mayor parte de ese desembolso se destinará a infraestructura de inteligencia artificial. Tan ambiciosa es la cifra que, según Jassy, podría incluso quedarse corta ante la demanda de capacidad de cómputo en la nube.
Microsoft, por su parte, confirmó sus agresivos planes de expansión de centros de datos, mientras que Meta elevó el límite inferior de su horquilla de inversión. Sumando a Alphabet, los cuatro gigantes tecnológicos prevén destinar cerca de 2,4 billones de dólares a infraestructura de IA en los próximos años. Para Nvidia, que domina el mercado de aceleradores de alto rendimiento, estas cifras se traducen en una cartera de pedidos asegurada a largo plazo. No es de extrañar que la acción cerrara el viernes en 174,36 euros, con una subida del 2,98% en la sesión.
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Ese repunte, no obstante, no logró borrar el saldo semanal: un descenso del 4,21% en siete días. La recuperación llegó tarde, pero llegó con contundencia.
Un gráfico que habla de pausa, no de ruptura
El precio actual sitúa a Nvidia un 13,90% por debajo de su máximo de 52 semanas, los 202,50 euros alcanzados en mayo. Pero la distancia con el mínimo de septiembre, fijado en 139,78 euros, sigue siendo cómoda: cerca de un 25%. El RSI, en 47,2, se mantiene en territorio casi perfectamente neutral —ni sobrecomprado ni sobrevendido—, un reflejo técnico de una semana llena de vaivenes sin convicción clara.
Más reveladora resulta la volatilidad anualizada a 30 días, que se sitúa en el 38,10%. Esa cifra delata el riesgo bidireccional que el mercado descuenta en un valor que, hasta hace pocos meses, se movía en aguas comparativamente tranquilas. La paciencia de los inversores tiene, sin embargo, un límite: en los últimos 30 días, la acción apenas ha avanzado un 0,37%, una lateralidad que contrasta con la intensidad de los titulares.
La brecha entre el presente y el consenso
En el acumulado del año, Nvidia sube un 8,78%, y en los últimos doce meses, un 11,77%. La tendencia alcista de fondo sigue intacta. Pero el dato que mejor describe la tensión actual es otro: el precio objetivo medio de los analistas se sitúa en 263,90 euros, lo que implica un potencial de revalorización de más del 50% respecto al nivel actual. Esa distancia entre la convicción de Wall Street y el comportamiento real del mercado define el verano de Nvidia.
La próxima cita clave está marcada en el calendario: el 26 de agosto, cuando la compañía presente los resultados del segundo trimestre de su ejercicio fiscal 2027. Los inversores esperan datos concretos sobre las ventas de la arquitectura Blackwell y una previsión formal sobre el despliegue de la nueva plataforma "Vera Rubin", sucesora de Blackwell, que ya ha entrado en producción en masa. Microsoft, Google y Oracle recibirán los primeros suministros a partir de la segunda mitad de 2026, y los analistas destacan el salto de rendimiento que supondrá para las aplicaciones de IA agéntica.
Quedan, eso sí, sombras en el horizonte. El negocio en China sigue siendo un factor de incertidumbre: persisten los informes sobre envíos a gran escala a compañías como Moonshot a través de socios cloud de terceros, un terreno aún sin regulación definitiva. Y cualquier nueva filtración sobre los entramados financieros entre los fabricantes de chips y sus mayores clientes volverá a poner a prueba el termómetro del sector. Con una capitalización cercana a los 4 billones de euros, Nvidia ya no es una acción que reaccione únicamente a sus propios números: es el barómetro de todo un ciclo inversor.
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