El mercado del oro afronta el tramo final de septiembre con una contradicción que define su comportamiento reciente. Por un lado, la demanda física no da señales de fatiga: los bancos centrales y los fondos cotizados acumulan metal a un ritmo que no se veía en meses. Por otro, la política monetaria estadounidense sigue ejerciendo de contrapeso y frena cualquier intento de despegue sostenido del precio.

La sesión del viernes dejó al metal precioso en 4.169,08 dólares por onza troy. La recuperación de esa jornada tuvo dos motores: un dólar más débil y compras de oportunidad tras las pérdidas registradas a mitad de semana. Reuters señaló que los inversores, al mismo tiempo, sopesaban la posibilidad de nuevas subidas de tipos en Estados Unidos. Ese cóctel explica por qué el rebote no puede leerse como un cambio de tendencia.
El muro de los precios y la sombra de la Fed
Los datos de inflación publicados por el US Bureau of Labor Statistics arrojan luz sobre la presión que soporta el oro. Los precios al consumo estadounidenses subieron un 0,6% en septiembre respecto al mes anterior, frente al 0,4% de agosto. La cifra reforzó las expectativas de que la Reserva Federal pueda endurecer aún más su política, lo que lastró al metal.
La mecánica del mercado se mueve, por tanto, entre dos fuerzas opuestas. El jueves, un billete verde más flojo y la caída de los rendimientos de los bonos del Tesoro habían impulsado una recuperación. Un día después, el mismo patrón se repitió con las compras de ganga como ingrediente adicional. Son movimientos que amortiguan las caídas, pero que no bastan para hablar de un giro duradero mientras el mercado descuente más subidas de tipos.
La cita clave en el calendario es la reunión del Comité Federal de Mercado Abierto prevista para el 27 y 28 de octubre de 2026. De la decisión sobre los tipos y del tono que emplee el banco central dependerá si el viento en contra de la política monetaria sigue condicionando al oro o si, por el contrario, la demanda física toma el mando.
Pekín no afloja: 23 toneladas y 23 meses consecutivos
Al margen del ruido de los tipos, el flujo de compras oficiales ofrece un soporte concreto. El Banco Popular de China adquirió 23 toneladas de oro en septiembre, según el World Gold Council. La operación representa el mayor volumen mensual desde octubre de 2023 y eleva las reservas del país asiático hasta las 2.410 toneladas. Además, la entidad prolonga así su racha de compras hasta los 23 meses consecutivos.
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Esa dinámica no es exclusiva de China. Las estimaciones preliminares del World Gold Council cifran en unas 63 toneladas el total neto adquirido por los bancos centrales en septiembre, el mayor registro mensual desde noviembre de 2024. La coincidencia de ambos datos dibuja a las instituciones públicas como un comprador estructural, ajeno a los vaivenes de corto plazo.
Conviene no confundir ese respaldo con una garantía de revalorización. Una serie de compras ininterrumpida en Pekín no se traduce automáticamente en una trayectoria ascendente del precio. Los impulsos de la banca central y las expectativas de tipos apuntan hoy en direcciones contrarias, y esa tensión es la que explica el comportamiento errático de las últimas jornadas.
Los fondos cotizados, un segundo pilar de demanda
Junto a las reservas oficiales, los inversores institucionales también han movido ficha. Los ETF respaldados físicamente captaron 67,3 toneladas en septiembre a nivel global, equivalentes a cerca de 10.000 millones de dólares. Sus tenencias alcanzaron las 4.256 toneladas, un máximo histórico.
El tercer trimestre cierra con otro hito: las entradas mundiales en estos vehículos sumaron 31.000 millones de dólares, la cifra más alta registrada por el World Gold Council. En China, los fondos de oro sumaron 11 toneladas durante septiembre y sus existencias terminaron el mes en 304 toneladas, también un récord.
Estos flujos confirman que el interés por el metal trasciende las compras estatales. Fondos de inversión y bancos centrales conforman grupos de demanda distintos, con lógicas propias, y ambos han coincidido en ampliar posiciones. El resultado es un colchón de demanda que convive con un entorno macroeconómico poco propicio.
El balance que deja septiembre es el de un activo sostenido por la acumulación física —tanto oficial como a través de ETF— pero condicionado por la inflación estadounidense y la amenaza de nuevos ajustes monetarios. Las compras récord de Pekín y los máximos de los fondos ofrecen un suelo, aunque no certifican que el viento en contra de los tipos haya quedado atrás.
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