Hay una pregunta que recorre los pasillos de Silicon Valley desde hace meses y que la última operación de Nvidia acaba de volver inevitable: ¿qué ocurre cuando el proveedor de herramientas se convierte también en el banquero de quienes las usan? La compañía dirigida por Jensen Huang y SoftBank Group transfirieron el jueves sendas tranches finales de 10.000 millones de dólares a OpenAI, con lo que ambos grupos completan sus respectivos compromisos de 30.000 millones de dólares dentro de la última ronda de financiación del desarrollador de ChatGPT. Es una cifra que no tiene parangón ni siquiera en la historia, ya de por sí generosa, del capital riesgo tecnológico.

El mecanismo tiene una lógica circular que conviene desentrañar. El fabricante de chips inyecta miles de millones en el laboratorio de software más visible del planeta; buena parte de ese dinero regresará después a las arcas de Nvidia en forma de pedidos de capacidad de cómputo, esa que solo sus aceleradores hacen posible. La duda sobre si estamos ante una alianza estratégica audaz o ante el germen de una dependencia mutua difícil de deshacer planea sobre el sector, aunque dentro de la compañía la lectura es otra: quien aspire a diseñar las arquitecturas del futuro no puede quedarse esperando a que lleguen los pedidos, sino que debe modelar el mercado con antelación.
De los despachos de Washington al escritorio del desarrollador
El radio de influencia del grupo californiano ya no se mide solo en balances. El martes, según Reuters, Jensen Huang participó en un encuentro de altos ejecutivos del sector con el presidente estadounidense Donald Trump. Según el portavoz de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, los directivos firmaron allí un acuerdo sobre estándares comunes para la inteligencia artificial. Nvidia se mueve así por el tablero diplomático con una soltura propia de un Estado, codefiniendo las reglas de juego de una tecnología llamada a transformar economía y sociedad por igual.
Esa exposición tan elevada trae consigo, casi por ley natural del mercado, un aumento de la resistencia. Los roces legales se multiplican. Hace poco más de una semana la empresa ponía fin al litigio de marcas por su plataforma de software Modulus con Modulus Financial Engineering, dejando en suspenso el procedimiento ante un tribunal federal estadounidense. Pero en otro frente asoma nueva arena jurídica: Netlist presentó el martes una denuncia ante la Comisión de Comercio Internacional (ITC) de EE. UU. buscando prohibir la importación de chips de memoria de Micron y de productos de Nvidia, Google y Broadcom que, según alega, vulneran sus patentes.
Mientras tanto, la vertiente operativa avanza a buen ritmo. El miércoles, CoreWeave puso a disposición sistemas basados en la arquitectura Vera Rubin NVL72 de Nvidia para entornos de producción. Cognition, como primer cliente, ya ejecuta cargas de trabajo reales sobre esa plataforma: ya no se trata de una prueba de concepto, sino de demostrar que los agentes de IA basados en software pueden traducir un enorme volumen de cómputo en procesos de negocio tangibles. A esa ola se suma, desde el viernes, una configuración del DGX Spark con 64 gigabytes de memoria unificada, cuyos sistemas de socios estarán disponibles a partir del 23 de octubre y que, según reportes de prensa, arrancarían en torno a los 4.999 dólares. El mensaje estratégico es nítido: quien quiera desarrollar, probar y afinar modelos avanzados no debería depender obligatoriamente de clústeres remotos en la nube. Nvidia engarza así el centro de datos con el escritorio local del desarrollador en un ecosistema cerrado.
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Pekín mueve ficha y el parqué responde
A esa densificación operativa se añade un posible balón de oxígeno en uno de los frentes que más dolores de cabeza ha causado a los inversores: China. Según Reuters, el Gobierno de Pekín señaló el 27 de septiembre que conglomerados nacionales como Alibaba y ByteDance podrán adquirir en adelante chips Nvidia RTX PRO 5500. A esas compañías se les habría pedido que presentaran sus correspondientes planes de compra. Está por ver si el canal se consolida sin sobresaltos dada la fragilidad geopolítica, pero solo la perspectiva de que uno de los mercados tecnológicos más relevantes del mundo siga accesible para determinadas gamas de producto rebaja parte de la presión sobre la valoración.
El respaldo llega también desde la propia caja. Tras el refuerzo del programa de recompra de acciones anunciado hace algo más de una semana, el título ha subido un 3,2 por ciento desde entonces. La venta por parte del consejero Timothy S. Teter de 30.460 acciones el 21 de septiembre, dentro de un plan de trading preestablecido, entra dentro de la rutina habitual de los directivos y apenas deja rastro en el libro de órdenes.
En el mercado alemán, el valor cerró el viernes a 207,85 euros, apenas un 1,5 por ciento por debajo de su máximo de 52 semanas de 211,00 euros, marcado ese mismo día. En lo que va de año acumula una revalorización del 30 por ciento. El contexto macroeconómico ayudó: unos datos de empleo estadounidenses más flojos de lo previsto relajaron la preocupación por una subida de tipos, los rendimientos de los bonos cedieron y el parqué recuperó el tono expansivo, con los valores de semiconductores y las megacaps tirando del índice. Reuters llegó a registrar un nuevo máximo intradía para Nvidia durante la sesión del viernes.
Atribuir el impulso de los últimos días únicamente al cambio en el entorno de tipos sería, sin embargo, quedarse en la superficie. Los tipos explican quizá el momento en que fluye el capital, no el papel singular que esta compañía desempeña en la reconfiguración tecnológica global. El verdadero motor es más profundo: la siguiente oleada de inteligencia artificial abandona la fase experimental y se instala directamente en entornos productivos.
Nvidia se transforma a velocidad de vértigo, pasando de fabricante especializado de semiconductores a centro de poder dominante de toda la economía de la IA. Con participaciones multimillonarias y presencia política, la empresa cementa un ecosistema del que, por ahora, no hay forma de escapar. El riesgo de concentración es innegable si algún día el ritmo de desarrollo tecnológico se ralentizara. Pero mientras la demanda de capacidad de cálculo no dé tregua, Jensen Huang y su equipo seguirán sentados en todas las palancas decisivas a la vez.
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