Hay una pregunta que sobrevuela cada análisis sobre Nvidia: ¿cuánto de su crecimiento responde a demanda real y cuánto a una arquitectura financiera diseñada por la propia compañía? La respuesta, probablemente, sea ambas cosas a la vez. Y nunca ha sido tan evidente como en las últimas semanas, cuando el fabricante de chips ha desplegado una estrategia que combina ingeniería de vanguardia con una maquinaria de capital sin precedentes.

El movimiento más reciente se anunció el 10 de agosto: Nvidia, junto a Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR —gestores que en conjunto administran alrededor de 19 billones de dólares—, movilizará hasta 500.000 millones de dólares para financiar infraestructura de inteligencia artificial. El objetivo declarado es que estos recursos alimenten centros de datos que, inevitablemente, comprarán chips de Nvidia. Según Jensen Huang, ningún socio puso reparos.
Goldman Sachs desempeña un papel doble en esta operación: su división de gestión de activos puede aportar capital junior y crédito privado, mientras que la banca de inversión estructura y coloca la deuda. No es territorio desconocido para la firma, que ya asesoró en solitario la compra de Mellanox por 6.900 millones de dólares en 2019 y actuó como bookrunner en la emisión de bonos de Nvidia por 25.000 millones el pasado junio.
El detalle que lo cambia todo
Dentro de este entramado hay una cláusula que merece atención especial: Nvidia puede cubrir hasta 125.000 millones de dólares —el 25% de cada operación— mediante garantías de valor residual. Dicho de otro modo, el fabricante no solo vende sus procesadores, sino que asume parte del riesgo de que esos activos pierdan valor. La frontera entre proveedor y garante se difumina.
Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, ha comparado el esquema con los valores respaldados por activos de la década de 1970. La analogía no es trivial. Michael Burry, por su parte, ha incrementado su posición corta contra Nvidia y califica la construcción de "truco de Wall Street" con ecos de Enron. Sus cálculos de valoración pueden discutirse —su modelo GF-Value sitúa la acción un 41% por debajo de su valor justo, mientras que el PER de 34,5 queda incluso por debajo de la mediana de cinco años de 57,4—, pero su escepticismo sobre la naturaleza de esta demanda financiada no carece de fundamento.
En China, los comentaristas observan la ofensiva con preocupación: temen que consolide aún más la dependencia del ecosistema CUDA de Nvidia y arrebate cuota de mercado a los chips locales en el extranjero. La capacidad de movilizar semejante volumen de capital es, en sí misma, una ventaja competitiva, independientemente de cuánto dinero acabe fluyendo realmente. Los propios impulsores insisten en que los 500.000 millones son un objetivo a lo largo del tiempo, no un desembolso comprometido de antemano.
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Vera Rubin, la apuesta tecnológica que lo justifica
Mientras tanto, la hoja de ruta tecnológica avanza. En la segunda mitad de 2026, Nvidia comenzará el envío comercial de sus sistemas Vera Rubin, y las cifras prometidas son contundentes: los desarrolladores podrán entrenar modelos de IA con un 75% menos de GPUs que con la plataforma Blackwell actual, con una reducción del 90% en el coste por token de inferencia. Quien apuesta por Nvidia no compra solo chips; compra una revolución en la estructura de costes del entrenamiento y operación de grandes modelos.
Esta apuesta se refuerza con alianzas estratégicas como la anunciada el 6 de agosto con Safe Superintelligence Inc. (SSI), el laboratorio fundado para desarrollar superinteligencia segura. No es un cliente cualquiera: representa exactamente el tipo de institución que Nvidia quiere atar a largo plazo, no el hyperscaler establecido, sino el centro de investigación ambicioso que necesitará capacidad de cómputo durante años.
El mercado, entre máximos y cautela
En bolsa, la acción cotiza cerca de sus niveles más altos pero sin romperlos. El último precio conocido ronda los 194 euros, ligeramente por debajo del cierre anterior, y a poco más de un 4% de su máximo de 52 semanas de 202,50 euros. Desde el mínimo anual de septiembre pasado, el título acumula una revalorización del 39%.
Las casas de análisis mantienen el optimismo. Bank of America reiteró el 12 de agosto su recomendación de compra con un precio objetivo de 350 dólares y proyecta para el próximo trimestre unos ingresos de entre 94.000 y 95.000 millones de dólares, por encima de la propia previsión de Nvidia de 91.000 millones. Wells Fargo confirmó el 11 de agosto su consejo de sobreponderar con un objetivo de 315 dólares. Ambos bancos apuestan a que la compañía volverá a superar sus propias guías, un patrón repetido en los últimos trimestres.
La cita clave llega el 26 de agosto, cuando Nvidia presente los resultados del segundo trimestre de su ejercicio fiscal 2027, que concluyó el 26 de julio. La compañía espera unos ingresos de aproximadamente 91.000 millones de dólares, lo que supondría un aumento secuencial del 11,5% frente a los 81.600 millones del trimestre anterior, cuando el crecimiento interanual alcanzó el 85%. El consenso apunta a un beneficio por acción de 2,08 dólares y unas ventas de unos 91.900 millones, un 97% más que el año anterior.
El mercado de opciones descuenta un movimiento de casi el 7% tras la publicación, muy por encima de la reacción media del 2,8% registrada tras los últimos cuatro informes trimestrales. Un dato que invita a la reflexión: la acción ha caído después de cada uno de esos cuatro anuncios.
Lo que está en juego el 26 de agosto no es solo un número de ingresos. Es la validación de un modelo en el que Nvidia no se limita a beneficiarse de un auge, sino que lo orquesta mediante capital, alianzas y tecnología. La pregunta de fondo —si clientes como SSI seguirán dependiendo de la hoja de ruta de Nvidia dentro de cinco años— no se resolverá en esa fecha. Pero la combinación de garantías de valor residual, financiación a medida y una plataforma que promete reducir drásticamente los costes de la IA dibuja un escenario en el que el fabricante de chips ha dejado de ser un mero suministrador para convertirse en el arquitecto financiero y tecnológico de todo el sector.
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